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Posts Tagged ‘Productividad’

(Este artículo lo publiqué en Expansión en 2006, cuando la situación económica de España estaba en uno de sus mejores momentos. Ahora lo incluyo en el Blog a petición de un amigo que, hablando de la importancia de tomar las medidas adecuadas en los momentos adecuados, lo recordaba todavía. )

Un Director de Recursos Humanos me comentaba el otro día que estaba promoviendo en su empresa una serie de acciones encaminadas a conciliar la vida profesional y la familiar. Casi todas las acciones estaban dirigidas a trabajar menos horas. Me planteo su Programa preguntándome: ¿Te acuerdas cuando empezamos la enorme cantidad de horas que tuvimos que trabajar? ¡Que gran inversión tuvimos que hacer!, ¡Cuantas horas de nuestra vida privada sustraídas! ¡Ya es hora que comencemos a vivir bien!” Como se que mi colega gana una importante cantidad de euros (lo que podría influir en su radical cambio de prioridades), le pregunte: “¿Si no ganaras lo que ganas y no tuvieras la casa pagada promoverías esas mismas acciones?” Su respuesta, afirmativa, fue contundente. Pero no estoy seguro que fuese sincera.

Y, les aseguro, sobran casos como este en los que antiguos workaholics se convierten en adalides de la buena vida cuando han alcanzado una cómoda situación profesional.

No creo en esos Programas de Conciliación. Como no creo en otras medidas vacías que consisten en distraer a la gente sin proponer la solución real de los problemas. Envoltorios sin contenido. Marketing del disfraz. Y no se dan cuenta que no se engaña a nadie.

Y todo ello, que no se nos olvide, en un contexto en el que un país ha recuperado en unos pocos años el tren de la modernidad que perdió hace dos siglos. Trabajando duro. Y además sabemos, porque se nos recuerda todos los días, que por ahí fuera hay alguien dispuesto a producir mucho mas barato el producto o servicio que hacemos en nuestras empresas. Millones de personas en Asia, Europa del Este o Latinoamérica que trabajan incansablemente para obtener nuestro puesto de trabajo. Y muchos lo están consiguiendo.

En definitiva, queremos la jornada laboral francesa (35 horas), las vacaciones alemanas (6 semanas laborables) y los salarios suizos. Y un chalet en Torrevieja. Y es legitimo. Esta bien aspirar a la mejor situación posible. El problema es que la aspiración pueda llegar a ser irreal. O peligrosa. Y las personas, las empresas, o los países normalmente entran en crisis cuando hay una gran diferencia entre lo que se quiere y lo que se puede conseguir.

Pero tampoco creo en las jornadas interminables, sin sentido,  que tienden mas a valorar la cantidad (de horas) sobre la calidad (del trabajo). Tampoco creo en perpetuar sistemas improductivos (por ejemplo, utilizar tres horas para comer) que perjudican los intereses de la mayoría, solo porque nadie se atreve a desafiar el statu quo. Y tampoco creo que las empresas deban permitir que directivos aten a sus colaboradores a horarios desmesurados solo porque ellos no soportan su vida familiar.

Así que tenemos un problema complejo cuya formulación podría ser la siguiente. Como incrementar el tiempo privado disponible sin perder competitividad. Como mejorar los derechos de los empleados sin mermar los intereses de los accionistas. Para mi la solución es solo una: mejorar la productividad individual y colectiva. Siendo conscientes de que la mayor responsabilidad para habilitar ese entorno productivo es de los que tienen que tomar decisiones.

Este país cuenta con escuelas de negocios que se encuentran entre las mas prestigiosas del mundo; muchas de nuestras empresas son admiradas internacionalmente y la evolución de nuestra economía en los últimos años ha sido sorprendentemente positiva. Sin embargo, nuestros índices de productividad siguen siendo de los mas bajos entre los países de nuestro entorno.

Porque esa, creo, es la clave. Incrementemos la intensidad de nuestro trabajo, invirtamos en ideas y sistemas y acabemos con los viejos hábitos. Y, entonces, vayamos a disfrutar de nuestra vida privada con nuestra reciente prosperidad económica. Pero, discúlpeme, solo quería hablar conmigo mientras reflexionaba con usted.

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Generar ideas, proyectos, ilusión… es crear vida dentro de la empresa. Vida que se suele convertir en una saludable cuenta de resultados y en un estimulante desarrollo de los profesionales que trabajan en sus empresas. No obstante, un buen líder (habitualmente gran generador de vida profesional) a veces tiene que vestirse de traje de asesino y exterminar actitudes y prácticas que tienen el riesgo de convertirse, o lo han hecho ya, en parte de la cultura de su grupo.

Matar actitudes culturales que hacen peores a las empresas y nos hacen peores a nosotros. En especial, una de las que considero mas perniciosas, la excusa: el argumento que se da para justificar la no realización, en el tiempo asignado, de una tarea o de un proyecto. Aún siendo consciente que, a veces, sólo a veces, hay razones que justifican el incumplimiento de una responsabilidad, también pienso que la mayor parte de las veces las excusas son pequeños tumores que se instalan en una organización y que pueden llevarla a una metástasis cultural.

Las excusas nos debilitan. Destruyen la confianza necesaria en asumir nuevos retos. Relajan mentes, espíritus y ambiciones. La excusa se basa en la mentira, pues normalmente avala el hecho de que no se pudo hacer más. Y sí, siempre se puede hacer más. Como se trata de un comportamiento contagioso, las excusas nos impiden alcanzar nuestros objetivos y asumir de forma adulta nuestras responsabilidades. Son insolidarias pues normalmente se convierten en acusaciones hacia alguien (otro departamento, otro compañero, …).

De la misma manera en que hay países que llevan cientos de años excusando su bajo desarrollo en tal o cual acontecimiento histórico, hay profesionales que acusan a otros de su actual estancamiento cuando en realidad lo que deberían hacer es analizar las causas de su mediocridad.

Urgen, por tanto, despiadados asesinos que maten las excusas de una vez por todas en sus empresas. Carguemos nuestras imaginarias pistolas con balas anti-excusas.

Ahora bien, le sugiero que no pretenda eliminar las excusas de sus colaboradores si usted no les permite participar al tomar decisiones. Si usted es un líder autoritario, no se queje de que sus colaboradores no asuman como propios sus proyectos. En la medida en la que tengan posibilidades de opinar, de defender sus puntos de vista, sus colaboradores no podrán esconderse detrás de las excusas alegando que no tienen recursos, tiempo o conocimiento suficientes para alcanzar sus compromisos.

Otras técnicas para ser un buen asesino de excusas:

  • En caso de un incumplimiento de un compromiso no tolere la excusa. Nunca. Pero escuche alternativas, opciones alternativas de cumplimiento.
  • Cuando comunique que no va a permitir las excusas., diga también que a partir de ahora hay que pensar muy bien los compromisos asumidos. Como en las bodas de las pelis americanas: “El que no hable ahora…”
  • Si su colaborador está seguro que va a haber una desviación sobre los compromisos asumidos, debería decirlo antes del vencimiento del tiempo asignado. Así será mas fácil elaborar planes alternativos.
  • Ayude, enseñe, desarrolle. No asigne proyectos irrealizables. Si quiere credibilidad en su equipo, empiece por usted.
  • Amigo pistolero, apunte y dispare a las excusas. Nunca a las personas.

Las empresas más admiradas, los  profesionales mas respetados poseen la confianza de conseguir cualquier reto al eliminar la palabra “imposible” en su forma de actuar. Usted puede hacerlo también. Lo hará. Sin excusas.

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Recuerdo un antiguo chiste que calculaba el número real de personas que trabajan en este país. Empezaba sustrayendo del total de la población activa aquellos trabajadores cuya aportación real a la economía era mínima o inexistente (prefiero no enumerar esos colectivos para no herir esos -ya de por sí- sensibles colectivos). Los números que se utilizaban en la cuenta eran exagerados (para eso es un chiste), pero la conclusión después de hacer los cálculos era: “¡Al final, trabajamos sólo tú y yo!” Un chiste suele ser la exageración más o menos disparatada de la realidad. Creo que éste era también el caso.

Acabo de leer que un millón de personas deja de ir a trabajar cada día por enfermedad. Aproximadamente un 6% de la población activa. Si sumamos las cifras de desempleo a las del absentismo empezamos a llegar a unos datos terroríficos. Empiece usted a sumar otros colectivos cuya productividad es dudosa y, si nos descuidamos, llegamos a las cifras del chiste.

Un millón de personas. Las cifras del absentismo en otros países no llegan al 1%. Una educación basada en valores es el fundamento que reduce en esos países la tentación de quedarte en casa cuando puedes ir a trabajar (por cierto, ¿cual es la tasas de absentismo de los maestros -incluidos los profesores universitarios-, de aquellos que deben, junto con los padres transmitir esos valores? Pero no hay que irse a otros países: el absentismo de los autónomos es bastante inferior al 1%. Sobran las palabras, ¿no?

Las personas enferman, claro que sí. El sistema social debe protegerles y cuidarles. Una persona -suficientemente- enferma no puede ir a trabajar. Pero no me refiero a ellos. Estoy hablando de los absentistas, enfermistas profesionales que se aprovechan de las debilidades del sistema para defraudar a las entidades que les pagan. Personas que aprovechan cualquier excusa, real o figurada, para no acudir a su puesto de trabajo. Profesionales del fraude. Del escaqueo. De la irresponsabilidad.

Digámoslo claro: los absentistas son insolidarios. Amparados y defendidos por los sindicatos, organizaciones humanas creadas alrededor del principio de la solidaridad. Los absentistas traspasan su carga de trabajo a sus compañeros o a la sociedad. Dedican su energía a encontrar excusas para justificar su comportamiento pero no la emplean para ir a su puesto de trabajo. Para hacer aquello por lo que les pagan: simplemente, trabajar.

Sí, sí. Ya sé que las empresas (o los organismo públicos) no son perfectos. Que muchas veces construimos sistemas desmotivadores que eliminan la ilusión y las ganas de hacer cosas. Pero no se engañe: no es una excusa. A los profesionales nos pagan por ir a trabajar. Vendemos nuestro tiempo y nuestra productividad por un salario. No ir a trabajar (cuando se puede) es robar.

Y sí, la responsabilidad fundamental es de aquellos que hacen las leyes. No reformar éstas para conseguir una mayor productividad, un mayor rigor, un mayor incentivo para fomentar la responsabilidad individual y colectiva me parece gravísimo. Especialmente en un país que se desangra en una economía que requiere importantes cambios. Como por ejemplo establecer sistemas rigurosos de control del absentismo y fomentar normas que ataquen las causas del mismo.

Pero claro, los señores y señoras que aprueban las leyes son los señores y señoras diputados. Esos que son famosos por su absentismo.

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Este es un país en el que es muy fácil encontrar posturas opuestas. Posturas que en algunas ocasiones, tornándose extremas, nos han llevado incluso a desgarradoras guerras civiles. Pero no se preocupen. No les aburriré hablando de política. Aunque es cierto que la existencia de las dos Españas suele circunscribirse al terreno de la política, yo encuentro su inquietante presencia en algo que nos es más inmediato, más cotidiano, más real.

Quiero decir que también existen dos Españas en el terreno laboral: una, es la España de los profesionales que dedican todos los días innumerables horas a trabajar, con una presión que a veces parece insoportable, que apenas les deja espacio para disfrutar de una vida privada que sólo parece que pueda existir en el momento de la jubilación (cada vez más lejana, por cierto).

La otra España es diferente. Los españoles que viven en ella disfrutan de jornadas laborales mucho más cortas, más días de vacaciones (o moscosos, o-lo-que-sea), de tratamiento más relajado del absentismo. Es obvio que gran parte de estas personas trabajan en las empresas públicas, casi-públicas o anteriormente públicas. Y créanme: no es una crítica hacia los profesionales que trabajan en ellas. En la mayor parte de los casos, estas personas son también víctimas, ya que el sistema en el que trabajan no les permite desarrollar todo su potencial. No encuentran el estímulo adecuado para que alcancen un mayor nivel de compromiso que les llevaría a trabajar más y mejor.

La vida de los que moran en la España de numerosas horas de trabajo y de gran presión se ha agravado con la crisis. Como se han despedido a muchos compañeros, los supervivientes tienen que asumir la carga de trabajo de los ausentes. Su situación, lejos de mejorar, se ha agravado. La crisis no ha afectado prácticamente a los que viven en la otra España. Por eso las diferencias se hacen cada vez más intensas.

Unos casi a límite de sus fuerzas, los otros infrautilizados (por tanto, infravalorados). No es posible que mantengamos un país con cargas de trabajo tan descompensadas. Muchos trabajando catorce horas al día y otros muchos catorce horas (reales) a la semana.

Hagamos cuentas: si sumamos el número de trabajadores públicos o semi-públicos a los desempleados (la forma más dramática de ser infrautilizado), más todos aquellos que de una forma u otra no llegan a una jornada laboral de cuarenta horas, llegaremos a la conclusión de que se trata de un grupo que excede el 50% de la población activa del país. ¿Sería posible que este colectivo incrementase su productividad un, digamos, 10%? Más riqueza, más productividad, más empleo, menos impuestos. Esa espiral conduciría directamente a una mejora del mercado laboral que beneficiaría, sin duda, las condiciones de trabajo de los habitantes de la otra España.

O quizá sea posible otra España. Quizá más pequeña (media España). Habitada por profesionales comprometidos, inmersos en proyectos ambiciosos, compensados adecuadamente, que dedican a su vida laboral una jornada que les permite disfrutar de su vida personal al tiempo que se realizan profesionalmente. Trabajando en un entorno productivo y motivante. Esa España existe en muchas empresas que han alcanzado un equilibrio adecuado que les va a permitir ser punteras en el presente y en el futuro. Lamentablemente, son la minoría.

El famosísimo poema de Machado empezaba diciendo: “Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere, y otra España que bosteza”. Seamos inteligentes, seamos apasionados. Construyamos una España laboral que ni muera (de cansancio) ni bostece.

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Tanto el éxito de las empresas como nuestro propio éxito como profesionales va a depender en gran medida de los siguientes factores: hacer cosas diferentes, hacer más cosas que los demás o hacerlas mejor. Para conseguir nuestros fines disponemos de herramientas que nos hacen ser más eficientes y eficaces. Algunas de ellas son las reuniones, el correo electrónico y el teléfono.

¿Estamos seguros que estas herramientas nos hacen mejores? Por supuesto que no. En muchas ocasiones se han convertido en serios asesinos de nuestra eficiencia, de nuestra creatividad, de nuestro tiempo productivo y hasta del tiempo dedicado a nuestra vida personal.

¿Cuántos correos recibe al día? ¿Cuántos de ellos son realmente necesarios para que usted pueda hacer bien su trabajo? ¿Cuántos de ellos sirven para algo más allá de hacerle perder el tiempo? ¿A cuántas reuniones asiste? ¿Qué porcentaje de ellas son realmente útiles?

Seamos sinceros: las reuniones muchas veces son excusas para quién no sabe que hacer con su tiempo. Los correos electrónicos son excusa en tantas ocasiones para aquellos que no saben asumir su responsabilidad (yo eliminaría de los correos la opción Cc “con copia”). El teléfono es utilizado con frecuencia en el ámbito profesional para comentar el último chascarrillo o el partido de la jornada.

Asumamos de una vez que España se encuentra a la cola de Europa en términos de productividad. Asumamos que si todas las empresas tomaran medidas para incrementar nuestra eficiencia un 20% a lo mejor no sería necesario acudir a la vía de los despidos, tragedias individuales que tienen un efecto devastador en la economía del país y de las empresas.

Asumamos que el tiempo que dedicamos a nuestras empresas es pagado por nuestros clientes. Éstos no estarían muy contentos al ver cómo se emplea su dinero en correos, reuniones y llamadas telefónicas inútiles. Hábitos que se han convertido en asesinos en serio de buenos hábitos, de buenas prácticas. Cambiarlo es muy fácil. Si tenemos esa voluntad, claro.

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