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Archive for the ‘Jesus Vega’ Category

Alimentación ConCiencia

La fantástica organización de El Ser Creativo  me invitó a participar en un debate en la jornada Alimentación Conciencia (Madrid Fusión) con algunos de los mejores cocineros españoles (Arzak, Martín Berasategui, Ramon Freixa, Dani García…) y otros profesionales (Marqués de Griñón, Fernando Francés, Carlos Pérez Tenorio, Juan Carlos Gafo) para hablar de la internacionalización de la cocina española.

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(Este artículo lo publiqué en Expansión en 2006, cuando la situación económica de España estaba en uno de sus mejores momentos. Ahora lo incluyo en el Blog a petición de un amigo que, hablando de la importancia de tomar las medidas adecuadas en los momentos adecuados, lo recordaba todavía. )

Un Director de Recursos Humanos me comentaba el otro día que estaba promoviendo en su empresa una serie de acciones encaminadas a conciliar la vida profesional y la familiar. Casi todas las acciones estaban dirigidas a trabajar menos horas. Me planteo su Programa preguntándome: ¿Te acuerdas cuando empezamos la enorme cantidad de horas que tuvimos que trabajar? ¡Que gran inversión tuvimos que hacer!, ¡Cuantas horas de nuestra vida privada sustraídas! ¡Ya es hora que comencemos a vivir bien!” Como se que mi colega gana una importante cantidad de euros (lo que podría influir en su radical cambio de prioridades), le pregunte: “¿Si no ganaras lo que ganas y no tuvieras la casa pagada promoverías esas mismas acciones?” Su respuesta, afirmativa, fue contundente. Pero no estoy seguro que fuese sincera.

Y, les aseguro, sobran casos como este en los que antiguos workaholics se convierten en adalides de la buena vida cuando han alcanzado una cómoda situación profesional.

No creo en esos Programas de Conciliación. Como no creo en otras medidas vacías que consisten en distraer a la gente sin proponer la solución real de los problemas. Envoltorios sin contenido. Marketing del disfraz. Y no se dan cuenta que no se engaña a nadie.

Y todo ello, que no se nos olvide, en un contexto en el que un país ha recuperado en unos pocos años el tren de la modernidad que perdió hace dos siglos. Trabajando duro. Y además sabemos, porque se nos recuerda todos los días, que por ahí fuera hay alguien dispuesto a producir mucho mas barato el producto o servicio que hacemos en nuestras empresas. Millones de personas en Asia, Europa del Este o Latinoamérica que trabajan incansablemente para obtener nuestro puesto de trabajo. Y muchos lo están consiguiendo.

En definitiva, queremos la jornada laboral francesa (35 horas), las vacaciones alemanas (6 semanas laborables) y los salarios suizos. Y un chalet en Torrevieja. Y es legitimo. Esta bien aspirar a la mejor situación posible. El problema es que la aspiración pueda llegar a ser irreal. O peligrosa. Y las personas, las empresas, o los países normalmente entran en crisis cuando hay una gran diferencia entre lo que se quiere y lo que se puede conseguir.

Pero tampoco creo en las jornadas interminables, sin sentido,  que tienden mas a valorar la cantidad (de horas) sobre la calidad (del trabajo). Tampoco creo en perpetuar sistemas improductivos (por ejemplo, utilizar tres horas para comer) que perjudican los intereses de la mayoría, solo porque nadie se atreve a desafiar el statu quo. Y tampoco creo que las empresas deban permitir que directivos aten a sus colaboradores a horarios desmesurados solo porque ellos no soportan su vida familiar.

Así que tenemos un problema complejo cuya formulación podría ser la siguiente. Como incrementar el tiempo privado disponible sin perder competitividad. Como mejorar los derechos de los empleados sin mermar los intereses de los accionistas. Para mi la solución es solo una: mejorar la productividad individual y colectiva. Siendo conscientes de que la mayor responsabilidad para habilitar ese entorno productivo es de los que tienen que tomar decisiones.

Este país cuenta con escuelas de negocios que se encuentran entre las mas prestigiosas del mundo; muchas de nuestras empresas son admiradas internacionalmente y la evolución de nuestra economía en los últimos años ha sido sorprendentemente positiva. Sin embargo, nuestros índices de productividad siguen siendo de los mas bajos entre los países de nuestro entorno.

Porque esa, creo, es la clave. Incrementemos la intensidad de nuestro trabajo, invirtamos en ideas y sistemas y acabemos con los viejos hábitos. Y, entonces, vayamos a disfrutar de nuestra vida privada con nuestra reciente prosperidad económica. Pero, discúlpeme, solo quería hablar conmigo mientras reflexionaba con usted.

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Un amigo, que leyó mi anterior entrada en el Blog,  me manda esta reflexión de Einstein. El, como era un genio, lo explica más y mejor.

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Es un ruido casi ensordecedor. Es como si millones de bebés se hubieran puesto de acuerdo para llorar a pulmón en el mismo sitio al mismo tiempo. Pero, al prestar atención, nos damos cuenta que el ruido no proviene de pequeños vástagos que expresan su malestar, o sus ganas de amamantar, a través de sonoros sollozos. No. El ruido proviene de las millones de quejas que los adultos nos transmitimos. Quejas por la situación económica, la crisis, la falta de liderazgo político, el desempleo… Quejas que suenan como sollozos de bebés desamparados.

No niego que las quejas tengan un breve efecto terapéutico. Son, por supuesto, una vía de escape. Un consuelo. Es humano expresar nuestra disconformidad con lo que está pasando. A alguien, claro, hay que echarle la culpa. Siempre es mas cómodo buscar un culpable que trabajar en la solución. Lo entiendo. A mi también me pasa. Pero tenemos que valorar cuanto mal hace darle una vía libre a las quejas. El efecto debilitador que tiene sobre la energía de las personas y las organizaciones.

Para manejar los sollozos (las quejas) nos hemos acostumbrado a poner chupetes imaginarios. Un chupete es algo que no soluciona nada pero sirve de consuelo. Los chupetes que ponemos los gestores de personas en las organizaciones es el consuelo continuo a través de las palabras. Siempre que alguien se queja de la situación, de lo duro que esta todo, se le da la razón. Participamos del desconsuelo. nos quejamos también nosotros. Es normal que utilicemos el chupete de la comprensión. También nosotros lo necesitamos, al fin y al cabo.

Ademas, la queja tiene una mortífera hermana mayor: la excusa. Dos hermanas que van siempre de la mano. La excusa se convierte, si se le permite, en el mayor agente corrosivo de la eficiencia organizativa. Las excusas agreden las buenas practicas empresariales. Una excusa en un pasaporte para no pensar más y mejor.

Pero quizá ya va siendo hora de que empecemos a quitarnos los chupetes. Si el bebé tiene hambre, hay que buscar sustento entre todos.  El chupete no da de comer. El trabajo duro e imaginativo, si. Continuar con la dinámica de la queja no nos permite centrar la energía disponible en la búsqueda de nuevas opciones, de nuevos retos.

Quitémonos, pues, los chupetes. No deberíamos permitirnos, ni permitir a los demás, de ahora en adelante, perder el tiempo en expresar quejas y lamentos. Elimine usted los lamentos en su equipo. No se trata de menospreciar la gravedad de la crisis. Es exactamente lo contrario: como la crisis es seria no perdamos el tiempo en depresivas actitudes. Dejemos de convencernos de que hay muchos motivos para la inacción. Invirtamos nuestro tiempo para revivir el compromiso que tenemos con la vida, con los negocios y con los clientes. No nos aburramos a nosotros mismos, y menos a la gente que tenemos a nuestro alrededor, con nuestras quejas y lamentos.

¿Como? Simplemente, comunique su decisión de no permitirlas. Sea congruente con su decisión. No emplee tiempo ni en hacerlas ni en escucharlas. Concentre esa energía en buscar nuevos modos de generar negocios, de mejorar la situación. Crezcamos, pensemos, actuemos y sintamos como adultos. Vamos a quitarnos los chupetes, que alivian pero no solucionan ningún problema. Los chupetes son para gente chica. Nosotros somos grandes. Demostrémoslo.

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Recibí un correo que decía: “Estimado Jesús, mi nombre es Marcos C. y no me conoce pero usted me definiría como un político de empresa. Soy lector suyo y de sus colegas en el Ojo Crítico y le escribo para comunicarle una buena nueva: me han promocionado por segunda vez en cuatro años. Y me permito decirles que no les debo nada. Que sus teorías de liderazgo, comunicación y otras habilidades profesionales no van conmigo. Siendo un político, mis métodos son otros y no me va mal.

En primer lugar, le diré para quién trabajo: para mí mismo. No importa la empresa que me pague, las diez primeras prioridades en mi lista son ocupadas por tareas en la defensa de mis intereses. Usted dirá que todo el mundo trabaja para sus intereses. Si es así, es un ingenuo.

Mucha gente se sacrifica por su empresa, dejándose incluso jirones de su vida personal, incapaces de venderse a sí mismos, de planificar su carrera, trabajando infatigablemente para quien, a lo peor, nunca se lo va a agradecer. Al contrario, tengo presente quién es el único que siempre se va a ocupar de mi persona. Y actúo de conformidad con ello.

En segundo lugar, me preocupo mucho de estar en sintonía con mis jefes. Hay quien piensa que este objetivo es difícil. ¡Qué poco conocen la naturaleza humana! Atáqueles por su vanidad, verdadero talón de Aquiles de las personas, especialmente cuando éstas ocupan puestos de dirección. Es imprescindible que se sientan cómodos, para lo que deberá reforzar sus opiniones, halagarles y tratar de pensar cómo lo harían ellos. Aunque me llamen cínico, mis propias ideas me importan muy poco.

Mi tercera estrategia pasa por crear una red de contactos que cuido como a mi familia. Evidente, ¿no? Pocos se han parado a pensar por qué es tan importante. La opinión que las personas tenemos de otra depende de cómo nos cae. Excepto el jefe o los colaboradores, habitualmente no se conocen las competencia profesionales de los demás.

Sin embargo, todo el mundo opina (basándose en afinidades personales). Por tanto, no me pierdo un sarao ni una presentación, a los que acudo con una imagen impecable y mi cultivada simpatía.

Conozco de memoria el equipo favorito, el nombre del cónyuge y la comida preferida de cualquier persona que pueda opinar de mí. Ya sé que esto es cansado, pero más cansa trabajar. Me he convertido en un genio utilizando a las personas, sobre todo a mis colaboradores. Para mí son muy importantes, pero no de la forma que ustedes sugieren, sino porque de alguna manera tengo que justificar mi sueldo cumpliendo proyectos asignados.

Para todo ello hago uso continuo de la mentira, de la que me he convertido en un verdadero maestro. Pero no se preocupe, que estamos hablando de la empresa, no de territorios morales o religiosos. Espero que mi carta le haya parecido interesante. Gracias por nada, Sr. Vega”.

Este correo no existe. Es un recurso literario. Pero estoy seguro que conoce alguna persona parecida. Y en absoluto piense que voy a criticar a este tipo de profesionales. Si acaso lo haría con las empresas que los fomentan. Creo en el trabajo duro, la honestidad profesional y el compromiso.

Pero también sé que excelentes profesionales podrían completar sus cualidades con habilidades políticas, que muchas veces suponen la diferencia y que no se enseñan en ninguna parte. Por eso, Marcos C., aunque no estamos con usted, le agradecemos sus reflexiones.

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Me han dicho que cada vez es más frecuente. Hay un cambio en la dirección de una empresa y el nuevo director-directivo-consejero delegado trae a su nueva empresa una mochila de profesionales de sus anteriores equipos. La razón que lo justifica suelen ser apuntalar el poder político del directivo recién nombrado o, lo que es igual, desarrollar una guardia pretoriana que le cubra sus espaldas ante otras fuerzas políticas internas.

Los hombres de confianza, que quieren que les diga, no suelen ser gran cosa. Sus mayores méritos normalmente consisten en su capacidad de relación, la enorme fidelidad a sus jefes-estela y a su escasa afición a tomar decisiones, ya que decidir es comprometerse con la acción y asumir riesgos, a lo que no están acostumbrados ya que lo suyo es otra cosa. Ya sé que no es mucho para ser directivo en una empresa, pero las garrapatas del talento ajeno suelen ser muy conscientes de sus incapacidades y saben que su carta es la del directivo que los ha traído, por lo que no suelen estar muy interesados en desarrollar otras habilidades. Dicho de otro modo, suelen ser mejores padrinos de los hijos de sus jefes que profesionales. Cuando caen sus jefes, saben que su vida es tan limitada como la vida de su portador, y su apuesta es seguir a su jefe allá donde este vaya. La palabra Lealtad solo la entienden referida a la que deben a su jefe, nunca a la empresa que les paga.

En lo que se refiere al directivo que trae o promueve a sus hombres de confianza enseña tres cosas. En primer lugar, que desconfía de si mismo, ya que renuncia a promocionar a la gente de su nueva empresa o a confiar en las personas que se encuentra. En segundo lugar, una falta de escrúpulos que demuestra fundamentalmente que sus intereses están muy por encima de los de su Organización. Por último, que en su escala de valores la profesionalidad no ocupa uno de los puestos de honor.

Sinceramente, estas situación me recuerda a la que se produce cuando un mal Presidente de un Club de Fútbol cambia de entrenador y permite que este traiga futbolistas de su entorno (normalmente de su misma nacionalidad y deudores de algún favor pasado). Suelen ser jugadores mediocres pero que le defenderán a muerte en las ruedas de prensa ya que son conscientes de que su destino está asociado al del Entrenador que les trajo. Finalmente, la conclusión de estas situaciones suele ser la misma: Entrenador defenestrado, jugadores fichados gracias a su recomendación vendidos a mal precio. ¿Quién pierde? El Club que los fichó y que se encuentra cada vez que hay un cambio de entrenador con unos jugadores que nadie quiere y que se van acumulando en el Cementerio de los Jugadores Recomendados.

Cuando una Organización permite la existencia de hombres de confianza tiene que ser consciente que el mensaje que transmite al resto de los profesionales es que desconfía de ellos. Si un directivo prima que haya más lealtad a su persona que a la Organización, no le debería extrañar que el resto de los profesionales de esta se sientan desvinculados de la misma. Tanta mas confianza tiene el directivo en “su” gente, mas desconfía el resto de su empresa que, al fin y al cabo, lo permite… Porque el compromiso hacia una empresa se teje con hilos muy finos y los profesionales saben que no se les puede pedir lo que sus directivos no les otorgan. Todos sabemos que hay muchos métodos para transmitir valores, pero el más efectivo es el de enseñar con el ejemplo.

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Generar ideas, proyectos, ilusión… es crear vida dentro de la empresa. Vida que se suele convertir en una saludable cuenta de resultados y en un estimulante desarrollo de los profesionales que trabajan en sus empresas. No obstante, un buen líder (habitualmente gran generador de vida profesional) a veces tiene que vestirse de traje de asesino y exterminar actitudes y prácticas que tienen el riesgo de convertirse, o lo han hecho ya, en parte de la cultura de su grupo.

Matar actitudes culturales que hacen peores a las empresas y nos hacen peores a nosotros. En especial, una de las que considero mas perniciosas, la excusa: el argumento que se da para justificar la no realización, en el tiempo asignado, de una tarea o de un proyecto. Aún siendo consciente que, a veces, sólo a veces, hay razones que justifican el incumplimiento de una responsabilidad, también pienso que la mayor parte de las veces las excusas son pequeños tumores que se instalan en una organización y que pueden llevarla a una metástasis cultural.

Las excusas nos debilitan. Destruyen la confianza necesaria en asumir nuevos retos. Relajan mentes, espíritus y ambiciones. La excusa se basa en la mentira, pues normalmente avala el hecho de que no se pudo hacer más. Y sí, siempre se puede hacer más. Como se trata de un comportamiento contagioso, las excusas nos impiden alcanzar nuestros objetivos y asumir de forma adulta nuestras responsabilidades. Son insolidarias pues normalmente se convierten en acusaciones hacia alguien (otro departamento, otro compañero, …).

De la misma manera en que hay países que llevan cientos de años excusando su bajo desarrollo en tal o cual acontecimiento histórico, hay profesionales que acusan a otros de su actual estancamiento cuando en realidad lo que deberían hacer es analizar las causas de su mediocridad.

Urgen, por tanto, despiadados asesinos que maten las excusas de una vez por todas en sus empresas. Carguemos nuestras imaginarias pistolas con balas anti-excusas.

Ahora bien, le sugiero que no pretenda eliminar las excusas de sus colaboradores si usted no les permite participar al tomar decisiones. Si usted es un líder autoritario, no se queje de que sus colaboradores no asuman como propios sus proyectos. En la medida en la que tengan posibilidades de opinar, de defender sus puntos de vista, sus colaboradores no podrán esconderse detrás de las excusas alegando que no tienen recursos, tiempo o conocimiento suficientes para alcanzar sus compromisos.

Otras técnicas para ser un buen asesino de excusas:

  • En caso de un incumplimiento de un compromiso no tolere la excusa. Nunca. Pero escuche alternativas, opciones alternativas de cumplimiento.
  • Cuando comunique que no va a permitir las excusas., diga también que a partir de ahora hay que pensar muy bien los compromisos asumidos. Como en las bodas de las pelis americanas: “El que no hable ahora…”
  • Si su colaborador está seguro que va a haber una desviación sobre los compromisos asumidos, debería decirlo antes del vencimiento del tiempo asignado. Así será mas fácil elaborar planes alternativos.
  • Ayude, enseñe, desarrolle. No asigne proyectos irrealizables. Si quiere credibilidad en su equipo, empiece por usted.
  • Amigo pistolero, apunte y dispare a las excusas. Nunca a las personas.

Las empresas más admiradas, los  profesionales mas respetados poseen la confianza de conseguir cualquier reto al eliminar la palabra “imposible” en su forma de actuar. Usted puede hacerlo también. Lo hará. Sin excusas.

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