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Archive for 16 noviembre 2010

¿Se ha fijado en lo mucho que se parecen las culturas de empresa a los rasgos de personalidad de las personas? Empresas que se muestran en su comportamiento como si fueran seres humanos. Así, encontramos unas empresas que son autoritarias, otras soberbias, otras serviciales y amables, las de más allá son lentas y perezosas… Rasgos de personalidad, culturales, que reflejan en muchas ocasiones los rasgos del fundador que las creo o los avatares que han atravesado durante su existencia (fusiones, situaciones de monopolio, propiedad estatal presente o pasada…).

La cultura de empresa es la principal ventaja competitiva de muchas organizaciones. Se convierte en su mayor clave de éxito: muy por encima de modelos de negocio, decisiones estratégicas o innovaciones tecnológicas. Estos son el resultado de una cultura compartida e impregnada en los profesionales que la componen y que normalmente extrae de los mismos el empuje, la creatividad o la tendencia a la excelencia que les lleva al éxito. Por el contrario, hay culturas de empresa que son como agujeros negros, en el sentido de que absorben la luz de los profesional es que trabajan en ellas. En muchas ocasiones están se mantienen en el mercado porque una vez fueron buenas empresas que tuvieron tanto éxito que les hizo ganar un tamaño que les impide desaparecer en poco tiempo.

La cultura empresarial puede ser un potente motor o un freno. Como hay rasgos de la personalidad humana (optimismo, voluntad, resistencia a la frustración, …) que nos ayudan a evolucionar, a ser mejores. Y hay otros que nos lastran, que se convierten en pesadas losas que nos limitan, nos disminuyen, nos distraen.

Creo que todo el mundo es consciente de los cambios demográficos, tecnológicos y sociales que los profesionales y las empresas deben afrontar para, no solo tener éxito en el futuro cercano, sino para sobrevivir. Es aquí donde encontramos el gran reto que afrontan muchas empresas: ¿cómo evolucionar? ¿cómo cambiar sin traicionar los valores fundamentales? La respuesta está, sin excepción, en las personas que trabajan en ellas. Ahora bien, muchas veces las personas que tienen que tomar decisiones se encuentran en la misma posición que muchas personas cuando dicen “Yo soy así. No tengo por qué cambiar”. Cuando saben que, si no lo hacen, solo les ocasionará problemas. Se produce un fundamentalismo cultural, donde parece que es grave solo plantear el cambio de algunos comportamientos que, de nocivos que son, pueden comprometer la supervivencia de la empresa.

Otros obstáculo para no cambiar rasgos culturales obsoletos se encuentra en razones puramente egoístas: cambiar les supondría desafiar su propio estatus dentro de la organización. Como las personas, las organizaciones no cambian por miedo. Como las personas, cuando finalmente se deciden a cambiar es demasiado tarde. Digámoslo alto y claro: debemos retar nuestra cultura. Reafirmar nuestros valores y ajustar aquellos que están en contra de las tendencias que rigen nuestra sociedad.

La última razón por la que las empresas se resisten a ajustar sus valores culturales es la fosilización del éxito. En el pasado hemos tenido éxito siendo como somos: ¿por qué deberíamos cambiar? No nos damos cuenta que las razones que justifican el éxito son como las fotografías: retratan un momento. Fuera de él las mismas razones se pueden tornar en obstáculos. Gracias a la cultura el ser humano ha evolucionado para ser, fundamentalmente, mejor, más libre, más completo. La cultura es sinónimo de cambio. Si no, es simplemente inculta y peligrosa.

 

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