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Archive for 10 mayo 2010

“Estos son quizá mis últimos momentos. Estoy grabando mis últimas palabras encerrado en el armario de material de oficina de mi empresa, donde me he escondido para evitar que el ejercito de zombies que ha invadido el edificio entero me convierta en uno de ellos. Soy el último superviviente pero mis horas están contadas. Los muertos vivientes se han apoderado de la empresa y es demasiado tarde para evitarlo.

Lo peor es que todo empezó casi como una anécdota. En mi empresa no había zombies: la gente estaba bien orientada. Los gestores nos habían comunicado de forma entusiasta los retos que la empresa pretendía conseguir. Los profesionales estábamos razonablemente bien pagados y los directivos sentían que debían tener un trato cordial pero exigente al mismo tiempo. Sin embargo, un día… Un día pasó algo que lo cambiaría todo: la dirección decidió sustituir al director de un departamento por otro. El primero no estaba alcanzando un nivel mínimo de resultados. En vez de despedirle, se le asignó a una función sin responsabilidad. El director, sin motivación alguna, empezó a experimentar cambios importantes en su fisionomía. Su forma de andar empezó a ser cada vez más lenta, sus hombros caían paulatinamente, verdes espumarajos colgaban de la boca. Y empezó a gruñir, no de forma muy perceptible, pero si de forma continua.

Su mutación en zombie al principio causó una cierta gracia. Como se movía de forma muy lenta y torpe por los pasillos (era su principal actividad), era muy fácil evitar sus mordiscos. No obstante, un día arrinconó en la maquina de café a un administrativo que estaba muy enfadado porque su jefe no le hacía caso. Antes de darse cuenta, el administrativo se convirtió en otro zombie. A partir de ahí, todo fue mucho más sencillo para ellos. Captaron descontentos por el salario, por los viajes, por las jornadas intensivas, por el recorte de gastos, …

La dirección no reaccionó. No fue capaz de darse cuenta que cada zombie era capaz de contaminar a compañeros, departamentos enteros, delegaciones… Los directivos pensaron que era un tema sin importancia. Los veían pasar desde sus despachos pero no los distinguían de los empleados que no eran muertos vivientes, de lo ocupados que estaban. Hasta decidieron poner en marcha una encuesta de satisfacción de los empleados, cuyos resultados no fueron tan malos (claro, los zombies se comían sus encuestas).

Los zombies llegaron a la planta de dirección: allí todo les resultó más sencillo. Mordieron a un directivo que se encontraba insatisfecho porque no le habían dado el coche de empresa del color que él quería y como los directivos no salen mucho de sus despachos, fue fácil arrinconarlos. Los profesionales que no habían sido afectados por el virus que transmiten los mordiscos de los zombies (llamado “D3Sm0T1vAC10N”) sufrían una persecución cada vez más feroz. Seguían haciendo su trabajo pero era cada vez más difícil huir de tanta crítica, tanta queja, tanta actitud negativa.

Oigo un gruñido que se acerca al mueble donde estoy escondido. Creo que me han encontrado. Por favor, ¡no cometa los mismos errores que…”

La grabación terminó ahí. Desde entonces, a pesar del dramático llamamiento del profesional que nos dejó su último testimonio, otras empresas han ido sucumbiendo en las garras de los muertos vivientes. Quizá toda la sociedad lo haga si no lo evitamos. Depende de querer seguir estando vivos. De identificar los problemas: de resolverlos de forma inmediata cuando sea posible o de extirparlos cuando no lo sea. De tomar decisiones. De comunicar y comprometer. De identificar las dinámicas y personas que contagian de forma negativa a nuestros profesionales. ¿Va a dejar que los zombies se hagan con su empresa?

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