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Archive for 13 febrero 2009

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Jamás una mujer tan bella había visitado mi destartalada oficina. La despampanante pelirroja, que portaba su ajustado vestido negro como si fuera un guante de terciopelo, se me acercó como fascinante pitón y preguntó: “¿Es usted Martín, el detective privado?”. Esforzándome para que mi voz no temblara demasiado, respondí: “A…Así es, ¿en que puedo ayudarla?”.  

Me contó que trabajaba en una empresa afectada por la crisis. Aterrada por la cada vez más cercana posibilidad de ser despedida, había intentado contactar en varias ocasiones con alguno de los dos representantes sindicales de su empresa para que le asesoraran. Siempre en vano. Estaban… desaparecidos. Había decidido contratarme para que resolviera el misterio. Como es natural, acepté el encargo.  

Mi primer paso fue visitar las instalaciones del Comité de Empresa para buscar pistas. Parecía, efectivamente, que las desapariciones se habían producido de forma precipitada, pues en las pantallas de los ordenadores aún aparecían los videojuegos a los que los sindicalistas desaparecidos habían dedicado sus últimos momentos en la oficina. El teléfono no cesaba de sonar. De repente, mi legendario instinto me condujo a una pista. En la papelera encontré un papel: la convocatoria de una manifestación. “Contra el Exterminio de Mosquitos en las Costas gobernadas por el partido de la oposición”.  

El día de la manifestación llovía. Parapetado detrás de mi gabardina contemplé como las 27 personas que flameaban las banderas avanzaban por la calle. Mi instinto no me había fallado. En la segunda fila vociferaba uno de los dos sindicalistas. Me acerque a él, me identifique y le advertí que le estaban buscando sus compañeros, que necesitaban su ayuda. Le pregunté si acudiría al día siguiente a la empresa. Después de llamarme “cerdo insensible con la lucha solidaria por los mosquitos”, me respondió que la agitación de la manifestación le había causado un grave estrés por el que tendría que estar unas semanas de baja. Seguía lloviendo en la calles grises por las que avanzaba la manifestación. 

Se hacía urgente localizar al otro sindicalista. En la papelera también había encontrado una caja de cerillas que publicitaba las excelencias de un bar. Una hora después me adentré en él. Allí se encontraba, entre el humo, solitario, el segundo sindicalista, bebiendo sin parar de una botella de Soberano. “¿Por qué has desaparecido?”, pregunté de forma directa. Me miró con ojos nublados por el alcohol y respondió: “No puedo más”. Continuó diciendo: “No empecé en el sindicato por venganza por no haber sido promocionado, como tantos otros. Ni por afán de ejercer desde el sindicato un enorme poder, que nunca nos hemos merecido. Yo lo hice por razones ideológicas. Quería proteger a los trabajadores de los desmanes de los empresarios. Pero, poco a poco, me fui dando cuenta que nuestras energías solo se dirigían a nuestros propios intereses y a estúpidas peleas internas. Constaté que los compañeros a los que representamos nos importan bien poco. Sólo ayudábamos a los vagos y a los que perjudicaban a la empresa.  Como además nuestros puestos de trabajo no están en riesgo y como nadie critica a los sindicatos porque nos tienen miedo, perdimos el estímulo para mejorar. Me fui desengañando. Pero el colmo ha sido ver cómo durante el último año se han ido al paro un millón de personas y los sindicatos no hemos hecho absolutamente nada para evitarlo. Sr. Martin, no puedo más”  

Lo dejé con su melancólica soledad. Por ello no me alegró demasiado resolver un caso más.

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