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Alimentación ConCiencia

La fantástica organización de El Ser Creativo  me invitó a participar en un debate en la jornada Alimentación Conciencia (Madrid Fusión) con algunos de los mejores cocineros españoles (Arzak, Martín Berasategui, Ramon Freixa, Dani García…) y otros profesionales (Marqués de Griñón, Fernando Francés, Carlos Pérez Tenorio, Juan Carlos Gafo) para hablar de la internacionalización de la cocina española.

griton

Mi jefe se llama Gris de apellido. Aunque a él le gusta que le llamen Sr. Gris. Tengo que confesarles que es capaz de hacer todo tipo de guarradas. ¿Qué? No, no va por ahí el tema. En realidad no tengo ni idea de sus aficiones sexuales. Pero lo que si tengo que decirles es que joder, jode un rato. Al menos en el trabajo. La cosa es que, igual que el protagonista de una novela famosa que ahora está de moda, él debe estar convencido de que a los demás nos gusta lo que hace. Cuando lo único que hace es generar dolor. Y maldita la gracia…

¿Violencia física como en la novela? No, sólo faltaba eso. Además en el sado maso light de esa novela famosa parece ser que los dos protagonistas establecen unos términos y condiciones para el uso y disfrute del dolor. Aquí no. Yo solo firmé un contrato de trabajo, no la aceptación implícita de que alguien, con título de jefe o sin él, pudiera abusar de mí. Como él lo hace. De tal manera que, aunque no hay violencia física, si les puedo decir que el Sr. Gris abusa de 5 nefastos comportamientos: son las Cinco sombras del Sr. Gris.

1) Amenazas.- Mi jefe está continuamente amenazando con despedirme. Por supuesto que mi trabajo no es perfecto. Pero tampoco lo es el suyo. No voy a trabajar más y mejor porque esté todo el día recordándome el numero de parados que hay en el país. A mi me vendría mejor que utilizara sus palabras para decirme claramente lo que espera de mi trabajo y que me corrigiera con cariño cuando lo haga mal. Supongo que un buen jefe ayuda hasta el limite de su capacidad y de la de sus colaboradores. Y si éstos no llegan al mínimo esperado, un líder actúa. No pierde el tiempo amenazando.
2) Mi jefe es un “esqueroso”. No, no. De nuevo, no se confunda por favor. No nos mete mano ni nada de eso. La cosa es que esta todo el día con el “es que” en la boca. Para justificar sus malas decisiones, las absurdas medidas tomadas por la empresa, la falta de recursos o sus continuas faltas de puntualidad. Sus colaboradores no necesitamos sus “es ques”, Sr. Gris. Somos capaces de entender las feas decisiones de la empresa si se nos convence de que eran necesarias. Somos adultos. Las excusas debilitan.
3) Gris grita. Y usa palabras malsonantes. No sé quien le ha dicho que así consigue mas obediencia y respeto por nuestra parte, sus colaboradores. Quizá cuando el era niño le gritaron mucho. Quizá el Sr. Gris quiere quitarse esas imágenes de su cabeza reproduciéndolas ahora con nosotros. Mis compañeros y yo no le obedecemos más porque grite más. Le despreciamos mucho más, eso si. Y como él nos agrede, nosotros le agredimos a él haciendo lo mínimo. Con la mínima calidad ¿No se da cuenta de que los mejores líderes nunca necesitan levantar la voz porque cuando abren la boca todo el mundo les escucha?
4) Una vez leí que una de las característica de un buen jefe es que utilizan bien y con frecuencia las técnicas de reconocimiento. El Sr. Gris es bueno reconociendo a sus colaboradores. Lo malo es que solo reconoce las cosas que hacemos mal. Y lo hace en público. Y lo hace continuamente. Cuando hacemos algo bien, se lo apropia como si fuera una garrapata.
5) La quinta sombra de Gris es eso, que es gris. Como muchos otros jefes. Pelotas, marrulleros, políticos o, en el mejor de los casos, buenos técnicos que nunca o que difícilmente serán buenos jefes. En realidad, la culpa de que haya tantas malas sombras y tantos jefes grises no suele ser de ellos mismos. Normalmente la responsabilidad es de las empresas que les promocionan y que no se dan cuenta de que mas vale tener pocos jefes con capacidad que tener muchos jefes con nefastas cualidades. Porque por donde pasa un jefe gris se cierne una oscuridad que tarda mucho tiempo en retirarse.

¿Saben? Lo malo es que lo que se vive en mi oficina, como en tantas otras, no es una novela picarona en la que se asoma un final feliz después de unas cuantas dosis de placer disfrazadas de dolor. Aquí, en el reino del Sr. Gris de turno, solamente hay frustraciones, daño moral y tristes entornos de trabajo.

Más por menos

(Este artículo lo publiqué en Expansión en 2006, cuando la situación económica de España estaba en uno de sus mejores momentos. Ahora lo incluyo en el Blog a petición de un amigo que, hablando de la importancia de tomar las medidas adecuadas en los momentos adecuados, lo recordaba todavía. )

Un Director de Recursos Humanos me comentaba el otro día que estaba promoviendo en su empresa una serie de acciones encaminadas a conciliar la vida profesional y la familiar. Casi todas las acciones estaban dirigidas a trabajar menos horas. Me planteo su Programa preguntándome: ¿Te acuerdas cuando empezamos la enorme cantidad de horas que tuvimos que trabajar? ¡Que gran inversión tuvimos que hacer!, ¡Cuantas horas de nuestra vida privada sustraídas! ¡Ya es hora que comencemos a vivir bien!” Como se que mi colega gana una importante cantidad de euros (lo que podría influir en su radical cambio de prioridades), le pregunte: “¿Si no ganaras lo que ganas y no tuvieras la casa pagada promoverías esas mismas acciones?” Su respuesta, afirmativa, fue contundente. Pero no estoy seguro que fuese sincera.

Y, les aseguro, sobran casos como este en los que antiguos workaholics se convierten en adalides de la buena vida cuando han alcanzado una cómoda situación profesional.

No creo en esos Programas de Conciliación. Como no creo en otras medidas vacías que consisten en distraer a la gente sin proponer la solución real de los problemas. Envoltorios sin contenido. Marketing del disfraz. Y no se dan cuenta que no se engaña a nadie.

Y todo ello, que no se nos olvide, en un contexto en el que un país ha recuperado en unos pocos años el tren de la modernidad que perdió hace dos siglos. Trabajando duro. Y además sabemos, porque se nos recuerda todos los días, que por ahí fuera hay alguien dispuesto a producir mucho mas barato el producto o servicio que hacemos en nuestras empresas. Millones de personas en Asia, Europa del Este o Latinoamérica que trabajan incansablemente para obtener nuestro puesto de trabajo. Y muchos lo están consiguiendo.

En definitiva, queremos la jornada laboral francesa (35 horas), las vacaciones alemanas (6 semanas laborables) y los salarios suizos. Y un chalet en Torrevieja. Y es legitimo. Esta bien aspirar a la mejor situación posible. El problema es que la aspiración pueda llegar a ser irreal. O peligrosa. Y las personas, las empresas, o los países normalmente entran en crisis cuando hay una gran diferencia entre lo que se quiere y lo que se puede conseguir.

Pero tampoco creo en las jornadas interminables, sin sentido,  que tienden mas a valorar la cantidad (de horas) sobre la calidad (del trabajo). Tampoco creo en perpetuar sistemas improductivos (por ejemplo, utilizar tres horas para comer) que perjudican los intereses de la mayoría, solo porque nadie se atreve a desafiar el statu quo. Y tampoco creo que las empresas deban permitir que directivos aten a sus colaboradores a horarios desmesurados solo porque ellos no soportan su vida familiar.

Así que tenemos un problema complejo cuya formulación podría ser la siguiente. Como incrementar el tiempo privado disponible sin perder competitividad. Como mejorar los derechos de los empleados sin mermar los intereses de los accionistas. Para mi la solución es solo una: mejorar la productividad individual y colectiva. Siendo conscientes de que la mayor responsabilidad para habilitar ese entorno productivo es de los que tienen que tomar decisiones.

Este país cuenta con escuelas de negocios que se encuentran entre las mas prestigiosas del mundo; muchas de nuestras empresas son admiradas internacionalmente y la evolución de nuestra economía en los últimos años ha sido sorprendentemente positiva. Sin embargo, nuestros índices de productividad siguen siendo de los mas bajos entre los países de nuestro entorno.

Porque esa, creo, es la clave. Incrementemos la intensidad de nuestro trabajo, invirtamos en ideas y sistemas y acabemos con los viejos hábitos. Y, entonces, vayamos a disfrutar de nuestra vida privada con nuestra reciente prosperidad económica. Pero, discúlpeme, solo quería hablar conmigo mientras reflexionaba con usted.

Un amigo, que leyó mi anterior entrada en el Blog,  me manda esta reflexión de Einstein. El, como era un genio, lo explica más y mejor.

Es un ruido casi ensordecedor. Es como si millones de bebés se hubieran puesto de acuerdo para llorar a pulmón en el mismo sitio al mismo tiempo. Pero, al prestar atención, nos damos cuenta que el ruido no proviene de pequeños vástagos que expresan su malestar, o sus ganas de amamantar, a través de sonoros sollozos. No. El ruido proviene de las millones de quejas que los adultos nos transmitimos. Quejas por la situación económica, la crisis, la falta de liderazgo político, el desempleo… Quejas que suenan como sollozos de bebés desamparados.

No niego que las quejas tengan un breve efecto terapéutico. Son, por supuesto, una vía de escape. Un consuelo. Es humano expresar nuestra disconformidad con lo que está pasando. A alguien, claro, hay que echarle la culpa. Siempre es mas cómodo buscar un culpable que trabajar en la solución. Lo entiendo. A mi también me pasa. Pero tenemos que valorar cuanto mal hace darle una vía libre a las quejas. El efecto debilitador que tiene sobre la energía de las personas y las organizaciones.

Para manejar los sollozos (las quejas) nos hemos acostumbrado a poner chupetes imaginarios. Un chupete es algo que no soluciona nada pero sirve de consuelo. Los chupetes que ponemos los gestores de personas en las organizaciones es el consuelo continuo a través de las palabras. Siempre que alguien se queja de la situación, de lo duro que esta todo, se le da la razón. Participamos del desconsuelo. nos quejamos también nosotros. Es normal que utilicemos el chupete de la comprensión. También nosotros lo necesitamos, al fin y al cabo.

Ademas, la queja tiene una mortífera hermana mayor: la excusa. Dos hermanas que van siempre de la mano. La excusa se convierte, si se le permite, en el mayor agente corrosivo de la eficiencia organizativa. Las excusas agreden las buenas practicas empresariales. Una excusa en un pasaporte para no pensar más y mejor.

Pero quizá ya va siendo hora de que empecemos a quitarnos los chupetes. Si el bebé tiene hambre, hay que buscar sustento entre todos.  El chupete no da de comer. El trabajo duro e imaginativo, si. Continuar con la dinámica de la queja no nos permite centrar la energía disponible en la búsqueda de nuevas opciones, de nuevos retos.

Quitémonos, pues, los chupetes. No deberíamos permitirnos, ni permitir a los demás, de ahora en adelante, perder el tiempo en expresar quejas y lamentos. Elimine usted los lamentos en su equipo. No se trata de menospreciar la gravedad de la crisis. Es exactamente lo contrario: como la crisis es seria no perdamos el tiempo en depresivas actitudes. Dejemos de convencernos de que hay muchos motivos para la inacción. Invirtamos nuestro tiempo para revivir el compromiso que tenemos con la vida, con los negocios y con los clientes. No nos aburramos a nosotros mismos, y menos a la gente que tenemos a nuestro alrededor, con nuestras quejas y lamentos.

¿Como? Simplemente, comunique su decisión de no permitirlas. Sea congruente con su decisión. No emplee tiempo ni en hacerlas ni en escucharlas. Concentre esa energía en buscar nuevos modos de generar negocios, de mejorar la situación. Crezcamos, pensemos, actuemos y sintamos como adultos. Vamos a quitarnos los chupetes, que alivian pero no solucionan ningún problema. Los chupetes son para gente chica. Nosotros somos grandes. Demostrémoslo.

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