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Dejar de fumar. Hacer tal o cual curso. Volver a hacer deporte. Decirle a tus padres cuanto les quieres antes de que sea tarde. Atreverse a presentar tal o cual proyecto. Denunciar la situación que es injusta. Hacer ese viaje soñado. Montar ese negocio que es la solución de tantos sueños. Escribirle, aunque no seas poeta, esa poesía a tu mujer (o tu marido). Mirarle a los ojos a la vida, en definitiva.

Todos los días nos levantamos llenos de buenos propósitos. Casi todos los días nos acostamos frustrados por no haber llevado a cabo siquiera una pequeña parte de los mismos. Y al mismo tiempo admiramos aquellos que si han podido cumplir con una parte importante de sus expectativas. Pero si contemplamos a estas personas, sin prejuicios pero sin desorbitadas admiraciones, nos daremos cuenta de que en realidad no son tan diferentes a nosotros. Que su inteligencia, preparación o capacidad de trabajo no es muy superior a la nuestra. No obstante, ellos parecen estar como tocados por mágica varita mientras que nosotros tenemos la sensación de que si viene el hada madrina nos tocará más bien con un ladrillo.

¿Dónde esta la diferencia? Efectivamente, algunas personas confían sus deseos a sucesos vinculados al mañana. Sucesos que no manejamos y que muchas veces ni siquiera sabemos como se van a producir. Me va a tocar la lotería, se va a ir mi jefe y me van a promocionar, mis hijos se darán cuenta de mis esfuerzos y me volverán a hacer caso, me jubilaré y tendré el tiempo para aprender a jugar al golf. Mañana. Mañana…

Otras personas, no. Ellas deciden pasar a la acción. Para ellas, el futuro fue ayer, cuando dieron el primer paso. Y ello no significa que dar el primer paso sea garantía de llegar a la meta. No. Ni para ellos ni para nadie. Solo significa que ya estas mas cerca, que estás en acción, que te haces más fuerte porque lo estas intentando y nadie podrá acusarte de que no los has hecho. Sobre todo la persona a la que debes respetar más, tu mismo.

Se trata, pues, de invertir en la construcción de tu futuro. Pasando a la acción. Eliminando los impedimentos que nos impiden avanzar. Reconociendo que no lo hacemos por pereza sino por miedo al fracaso. Teniendo la sabiduría para convencernos de que perdemos mas cuando no lo intentamos que cuando no lo conseguimos. Con el único limite de la Prudencia y siempre que esta no estrangule a su prima lejana, la Iniciativa. Y dirigiendo la energía que antes dedicábamos a las excusas a aplicarla a la acción.

Me dijo una vez un amigo que no jugaba a la lotería ni a las quinielas ni a cualquier otro juego de azar porque no quiere delegar en la fortuna su éxito económico. Creo que se trata de una forma inteligente de promover que solo sean tu esfuerzo y dedicación

las únicas fuentes de prosperidad profesional. Aquí solo caben ejercicios de voluntad, entendiendo esta como un caudal infinito de energía que solo depende de nosotros. Y no como muchos otros condicionantes que si nos vienen dados: patrimonio familiar (que determina, en gran parte, nuestra educación y entorno cultural), cualidades físicas o intelectuales, …

La  voluntad se convierte así en el mayor factor igualador de la especie humana. Siempre se podrá decir que no todos nacemos con la misma capacidad de pasar a la acción, de ejercer la voluntad. Puede que sea cierto, pero aunque sea así yo creo que la capacidad de ponerla en marcha es siempre tuya. Solo tuya. Siempre. Sin excusas. ¿Cuándo quieres que empiece tu futuro?

Despidos. Única receta que se nos ocurre cuando las cosas van mal. Empresas que piensan que el despido equivale a reducir grasa para tener un cuerpo más saludable. Cuando se despide gente, sin tener ahora en cuenta el drama personal y familiar que supone para cada una de las personas, estamos expulsando de nuestra empresa energía, ideas, ilusión, fuerza de trabajo… Despedir equivale a reducir músculo en un deportista de élite. Despedir equivale a que todas las empresas van a dañar su cuenta de resultados porque cada vez hay menos consumidores (hay menos personas con nómina) dispuestos a comprar sus productos o servicios.

Pero, a veces, es necesario. No lo dudo. Ahora bien, creo que el “dietista” que aconseja los despidos normalmente está equivocado. Creo que debería haber “dietistas de empresa” que realmente ayudaran a las instituciones a tener mejor salud sin tener que acudir de vez en cuando a dietas que atacan el músculo.
Estos dietistas aconsejarían lo siguiente:
1) Mantenga a su empresa siempre delgada.- ¿Qué funciones son innecesarias? ¿Qué tareas no tienen sentido? ¿Usted sabe que es lo que hace realmente su gente? ¿Todo lo que se hace está encaminado a tener un mejor producto y a tener más satisfecho a su cliente? Una empresa bien orientada tenderá a prescindir de forma natural, y no quirúrgica, de la grasa. Adelántese, y no adquiera nada que luego tenga que prescindir.
2) Mantenga a su empresa siempre activa.- Alimentada por la pasión de ganar, de ser mejor, de ser más. En tiempos de crisis, Apple está teniendo beneficios récord. Sus profesionales  no sienten la crisis porque sus dirigentes hicieron igualmente bien su trabajo cuando los tiempos eran boyantes. Recuerde, la actividad es siempre mejor que la dieta.
3) No se fíe de las dietas mágicas. Es mejor gestionar los buenos hábitos. Sus valores, sus creencias. Prescinda antes de los hábitos erróneos que de las personas que los padecen.
Los despidos suponen una peligrosa dieta para las empresas. Quizá no sea demasiado tarde para rectificar.

¡Revolución!

No sería la primera vez que se hace una revolución, una toma del poder directa por parte de los ciudadanos, por la incapacidad y la soberbia de los poderosos ante las justas reclamaciones de las personas a las que representan.
Pues bien, se está acercando una revolución. Esta vez sin sangre ni fuego pero de importantes consecuencias. ¿Por qué? ¿Cual? La de los consumidores ante los abusos de las grandes empresas. Éstas se han dedicado a interponer Servicios de Atención al Cliente cuando éstos sufren de la falta de calidad de los servicios que proporcionan. Departamentos que sólo sirven para hacer perder el tiempo a los consumidores cuando estos tienen un problema. No es mal negocio: ahorran millones a la hora de ofrecer un verdadero servicio de calidad a cambio de perder algún cliente enfadado. Como los consumidores están desconectados entre ellos,no pueden ejercer elementos de presión, lo cual provoca un descontento creciente ante la impotencia que sienten.
Entonces ¿no hay paladines, defensores de los ciudadanos ante las miles de desmanes que hacen las empresas todos los días? Veamos. Por una parte, las grandes empresas controlan la opinión de los medios de comunicación a través de las inversiones que hacen en ellos a través  de la publicidad. Por otra, los organismos oficiales de defensa del consumidor se pierden en burocracias e ineficiencias. Los consumidores, cuando finalmente deciden hacer uso de ellos suelen terminar más frustrados que cuando empezaron, después de haber perdido tiempo y dinero.
Cada vez más desmanes, cada vez más abusos, cada vez más desamparo. Exactamente los ingredientes que componen las revoluciones. Pero si ustedes, señores empresarios y directivos que se menosprecian continuamente a sus clientes, piensan que lo van a poder seguir haciendo sin consecuencias, créanme que se equivocan. Como antes lo hicieron los reyes absolutistas y los dictadores que se pensaban intocables. Tarde o temprano los ciudadanos encontramos la manera para corregir las injusticias.
¿Se imaginan que miles de ciudadanos nos pusieramos de acuerdo para vetar, al mismo tiempo, una determinada Compañía? ¿Que nos pusiéramos de acuerdo por Internet? Convertir las miles de quejas individuales en acciones solidarias. No correría la sangre, pero los sillones de los directivos que desprecian a los ciudadanos se moverían (y sus bonos y su coche de empresa y su cuota en el campo de golf…).
Atención, confiadas y soberbias empresas que se creen intocables, comienzan a sonar las campanas de la Revolución.

El Lobo Feroz llegó al bosque a las 9 de la mañana, como cada día. Bostezó y se dispuso a cazar alguna presa, como era su costumbre, como era su naturaleza. Mientras esperaba le vinieron a la cabeza los tiempos en que no cazaba solo, sino que cazaba en manada. Sí… eran buenos tiempos: poder correr por los bosques en compañía, ayudar y ser ayudado cuando se necesitaba, aullar la luna llena como salvaje orquesta. Sin embargo, a veces, el resto de sus congéneres le sacaban de sus casillas. No eran cosas importantes, lo sabía, pero le provocaban una cólera, una ira que, al final, le generó el apodo de el Feroz. Y no solo eso, finalmente, al no poder reprimir su mal genio fue expulsado de la manada.

Al principio le dio igual: seguía siendo un poderoso y experto cazador. Encontraba sus presas con la misma maestría con que lo hacía cuando contaba con la ayuda de su manada. Tan habilidoso y despiadado que empezó a alterar parte de sus costumbres. Ya no variaba tanto sus territorios de caza (“¿para qué voy a moverme tanto? Aquí, en mi parcela de bosque, tengo presas suficientes…”).

Al no desplazarse, al no correr tanto, nuestro Lobo Feroz comenzó a aumentar su grasa corporal (además no había nadie que le avisara de los negativos cambios que se estaban operando en su fisionomía). Por si fuera poco, la sombra de la soledad le aconsejaba mal. Como no tenía amigos, decidió aumentar el número de enemigos. “Ya que no me aman, que me odien”. El Lobo Feroz usaba su ferocidad para molestar a los animales de los que no se podía alimentar. Estos, comenzaron a avisar de la presencia del Lobo Feroz a sus presas potenciales.

El Lobo se desperezó de nuevo. De repente, vio una pequeña sombra roja a lo lejos. Todos sus sentidos se pusieron alerta. Era una niña. Se relamió: presa fácil, no tendría que correr mucho. Se acercó lentamente y, cuando estaba a punto de saltar sobre ella, la niña, Caperucita (previamente avisada por una ardilla amiga) sacó una pistola de su cestita, apuntó al sorprendido Lobo y le disparó, causándole fiera muerte.

Ya sé que el cuento ha cambiado. Présteme su complicidad. Pero ¿qué cuento, qué realidad, no ha cambiado mucho en los últimos tiempos? Sin embargo el relato nos deja algunas reflexiones que podemos utilizar (válidas tanto para nuestro desarrollo profesional como para dirigir nuestras instituciones):

  • El Lobo Feroz no supo trabajar en equipo. Se convirtió en cazador vulnerable por su soledad. No tenia quien le ayudara, quien le dijera la verdad. Lejos de buscar nuevas aliados, se ganó innecesariamente nuevos enemigos.
  • El Lobo se convirtió en predecible, siempre acechando en los mismos parajes. Cuando hacemos siempre lo mismo, de la misma manera, damos información clara y precisa de como ser batidos. La rutina, por otra parte, debilita músculos, espíritus y mentes.
  • El Lobo engordó. Perdió reflejos y velocidad. Exactamente lo más necesario en éste siglo XXI.

¿Predecible? ¿Exceso de confianza? ¿Con unos kilos de grasa empresarial de más? ¿Solitario por ser incapaz de escuchar y ser escuchado? Mire a su alrededor. Encontrará profesionales o empresas con esas características. Que tengan cuidado. O serán fulminados por Caperucita. Caperucita, de menor tamaño pero más ágil, mas despierta, mejor relacionada.

Queridos Reyes Magos,
Aunque en el año 2008 nos debimos portar bastante mal porque nos trajisteis mucho carbón en el año 2009, yo creo que este año nos hemos portado mejor. Por eso,  os voy a pedir varias cosas, y así compensamos un poquito, ¿no?
La primera es que los profesionales nos demos cuenta, por fin, de todo nuestro potencial. Y que, sin miedos ni desconfianzas, lo pongamos a trabajar. No se qué hacemos, Sres. Reyes, que nos pasamos media vida entre miedos y excusas. Somos nosotros quienes nos impedimos, obstaculizamos, zancadilleamos. Que el año 2010 sirva para convertirnos en nuestros mejores amigos.
Otra cosita, por favor, Magic Kings: que no se utilicen las Felicitaciones Navideñas como mensajes publicitarios, que una cosa son las Navidades y los buenos deseos y otra, muy diferente, las campañas publicitarias y de imagen de las empresas.
¡Ah! Please, Magic Kings, no nos dejeis utilizar palabras inglesas en medio de nuestras conversaciones en castellano. No es nada cool.
Por mi parte, yo os prometo portarme bien. Para los políticos, sindicalistas y empresarios no os pido nada, que ellos saben bien lo que tienen que hacer para ganárselo primero.

Me parece relevante iniciar un sesudo y actualizado “Diccionario Español de los Business” con los siguientes términos:

“Asiyavale” Término utilizado para acabar un proceso o producto cuando sus responsables están cansados de trabajar en él. Dícese también del principal vicio de los profesionales españoles. Vicio que, por otra parte, genera innumerables quejas e insatisfacciones de clientes. En épocas remotas un “asíyavale” equivalia a chapuza.

“Lañoqueviene” Cualquier tarea o actividad que nunca será ejecutada.

“Pagüerpoints”: Son complejas elaboraciones de proyectos, procesos y/o ideas que se desarrollan en forma de presentaciones informáticas. Sirven para que los profesionales ocupen de forma rutinaria su tiempo en la oficina, ya que realmente no tienen ninguna finalidad práctica.

“Quelohagaelbecario”: Dícese de aquellas actividades que, por su especial relevancia dentro de la empresa o su importante complejidad, no pueden dejarse en manos de un cualquiera sino que deben ser ejecutadas por becarios. Normalmente son tareas que permiten a las empresas seguir existiendo mientras los directivos y profesionales hacen “Pagüerpoints”

“Yotengounamigoqué”: Actividad que se realiza cuando lo que se hace no tiene la calidad suficiente. Son actividades que tienen un alto componente de contagio. Especialmente relevantes en las relaciones con las Adminisrtaciones Públicas.

Y tú, ¿conoces algún término que merezca ser incluido en el “Diccionario Español de los Business”?

Nota: Este es un post que escribí para mi blog (“Cuentas y cuentos”) en Expansión.com. SI estás interesado en ver descripciones mucho más ingeniosas que las mías hechas por amigos lectores, sólo tienes que visitarlo en

http://blogs.expansionyempleo.com/blogs/web/JesusVega.html?opcion=1&codPost=55742

Contreras ha sido, finalmente, promocionado. Va a ser Contreras, el Director. Tantos años de trabajo, tantas horas de preocupación y desvelos, tanta energía dedicada a un peloteo humillante (tanto para el que lo da como para el que lo recibe) han tenido su recompensa. Por fin, Contreras va a ser responsable de un equipo. Va a tomar decisiones sobre el presente y el futuro de otros profesionales. Profesionales que, de repente, cambian de nombre. Antes eran compañeros. Ahora, un minuto después, son subordinados.

Nuestro amigo Contreras empieza su tarea con energía e ilusión. No todos los días uno es promocionado. Además, así se siente, es como si fuera más alto, tuviera más pelo y su antaño prominente barriga se hubiera reducido unos cuantos centímetros. Pero el tiempo pasa y las fuerzas van menguando. Todo por culpa de esa gentuza que trabaja para él. No logra que hagan las cosas cuando y cómo quiere. Son “jóvenes malcriados”, piensa, “incapaces de comprometerse con nada ni con nadie”. Contreras reacciona: despide a un par de ellos e intensifica su tono con el resto de su equipo, entre amenazas y menosprecios. Sin resultado. Al cabo de unos meses, tras haber demostrado ser incapaz de conseguir los resultados que le habían marcado, Contreras es despedido.

Siento mucho lo que te ha sucedido, Contreras. Pero creo que deberías haber puesto más empeño en enterarte de algunas cosas que están pasando y, creo, son esenciales.

1) La ciencia, el arte de la gestión de personas ha evolucionado mucho menos que la sociedad. Olvidamos con frecuencia que vivimos una era en la que los ciudadanos hemos tomado el control de nuestras vidas, en la que no aceptamos obedecer sin más. Queremos participar, opinar, valorar. No es cierto que los jóvenes sean incapaces de comprometerse. Lo harán si se les ofrece unos altos niveles de participación. En entornos donde se valore su opinión.

2) Los patrones de conducta que eran válidos ayer a las 11.00 de la mañana ya no lo son ahora. En la medida en que los cuestionemos continuamente (a través de un estrecho contacto con la sociedad, con nuestros clientes y con nuestro equipo) podremos ofrecer más y mejores soluciones. En este sentido, p.e., ¿le sacamos más partido en nuestra gestión diaria a Facebook o al Manual de Políticas que alguien hizo en los años 80?

3) Desafiemos los patrones de éxito tradicionales. ¿Quién le pide el título universitario al joven uruguayo que ha triunfado en el Youtube con una película casera y a quién Hollywood ha puesto en sus manos 20 millones de dólares para realizar una gran producción? ¿Orientamos realmente la compensación a los resultados o pagamos la mera presencia, aunque sea un poco espectral, en las oficinas?

Estoy seguro que la principal misión de un líder hoy en día es la de incrementar la pasión, el compromiso y la imaginación de las personas que componen su equipo. Trabajando para eliminar las barreras que su gente pueda encontrar para hacer mejor su trabajo. Seamos sinceros: hoy ocurre lo contrario en la mayor parte de los casos. Somos los líderes los que ponemos a nuestra gente en corrales, limitando en gran parte su potencial.

Contreras encontrará un nuevo trabajo, no hay duda. En el camino habrá aprendido, se habrá enterado que, hoy, no es tu posición en la jerarquía lo que te hace triunfar. Habrá aprendido que la clave está en cómo te conectas y en la energía que eres capaz de generar con esas conexiones.

¿Como saber si mi empresa es sensual o no?

¿Has creado lazos emocionales con tus clientes y empleados que van mas alla del precio o de la nomina? ¿Te ayudarían si se lo pidieras? ¿Te perdonarían algún error? ¿Sientes pasión por ellos y no por lo que consigues a través de ellos? Si las respuestas a esas preguntas es SI, tu Empresa es Sensual.

¿Es posible construir una imagen sensual para cualquier empresa?

Es posible, necesario e inteligente para las empresas incorporar códigos sensuales en su cultura. Es cierto que en algunos sectores es algo más difícil (lo que significa que llevara más tiempo), pero finalmente la sensualidad empresarial consiste en conectar con las personas como personas. ¿Hay alguna empresa que no este compuesta por seres humanos, con sus emociones, sentimientos, motivaciones, deseos…?

Parece ser difícil mantener los jóvenes de la llamada generación y por mucho tiempo en un mismo trabajo. ¿Esos jóvenes son mas expuestos a la sensualidad de las empresas al decidir cambiar de trabajo?

Los jóvenes cambian con mas frecuencia de trabajo porque no entienden la cultura de la mayoría de las empresas (autoritarias). Y las empresas hacen poco esfuerzo por entenderles a ellos. La Empresa Sensual si les vincula. Porque su objetivo es construir lazos basados en la seducción. De la seducción surge un compromiso mutuamente aceptado. No podemos afrontar la economía del siglo XXI con pautas de comportamiento más próximas al siglo XIX.

¿Cual es la responsabilidad de los jefes pelo a pelo sensual de una empresa para los funcionarios?

Las personas estamos siempre dispuestas a dar lo mejor de nosotros mismos. Si encontramos el entorno adecuado todos somos capaces de obtener resultados extraordinarios. El líder, el líder sensual, generará esos entornos. A través de ofrecer un proyecto apasionante, de tener un comportamiento justo y de conectar emocionalmente con su equipo, mostrándose mas como persona que como jefe.

Apuntas Apple como un ejemplo de sensualidad empresarial y Steve Jobs es conocido por tratar muy mal a sus empleados. ¿Como funciona esa relación?

¿Nos enamoramos con pasión de las personas simplemente buenas y afables? ¿O realmente nos apasionan aquellas personas que nos dan mucho pero también a veces nos desconciertan con las que mantenemos relaciones intensas y exigentes? Steve Jobs es “un amante apasionado”: da mucho pero pide mucho. Así también es Amancio Ortega, el fundador de Zara. Pero luego son líderes justos que se preocupan mucho por su gente.

jump

Tendemos a pensar (aún no sé bien por qué), que la carrera profesional evoluciona de forma lineal, continua y creciente. Un progreso intenso que empieza en nuestros primeros años de carrera, que va creciendo hasta nuestra madurez, momento en el que nos estabilizamos (en el mejor de los casos). Una suave trayectoria que, en ocasiones, se verá interrumpida por grandes progresos debidos a decisiones normalmente tomadas por otros.

Saben que siempre voy a elevar cualquier argumento sobre el principio de que los profesionales tenemos que trabajar mucho y bien. El fruto de nuestro trabajo debería valer para ser puesto en una balanza cuyo peso y medida determinaran nuestra carrera profesional. Bien sabemos que las cosas en la vida real no funcionan así. Ni siquiera la más objetiva opinión de clientes y/o colegas son los criterios más utilizados para proyectar nuestro camino hacia el éxito. Son otros los factores, son otras las reglas del juego, son otras las palancas y los frenos que finalmente nos llevan hacia donde queremos.

¿Cuales son, pues , esos factores? Ya hemos dicho que no es la regularidad de nuestro trabajo, por muy consistente o por mucha calidad que tenga el mismo. No es el simple buen hacer, o las muchas horas empleadas. No son los millones de puntos que trazan las líneas rectas de nuestra trayectoria. Digámoslo claro: Lo que realmente nos hace avanzar en nuestra carrera profesional son los saltos. Esas pequeñas (o grandes) decisiones que quiebran nuestra rutina, nuestra diaria actividad, la forma en la que siempre hemos hecho las cosas. Los saltos son esas ocasiones que habitualmente coinciden con un acto de valentía (una idea atrevida que, con arrojo, nos atrevemos a poner en práctica) o de victoria sobre la pereza (la decisión de aprender inglés que hemos atrasado durante años, por ejemplo)

Y, ahora, déjeme destacarle algo que considero fundamental. No es la magnitud de los saltos lo que importa: es la frecuencia con la que decidimos saltar. Teniendo en cuenta que los brincos que hagamos no siempre supondrán grandes victorias sobre los demás o sobre nosotros mismos. A menudo bastará con pequeños divorcios con nuestras rutinas o pequeños actos de valentía o determinación. Por supuesto que en ocasiones se presentarán oportunidades que deberemos aprovechar para pegar nuestros brincos. Pero como no es sabio dejar que la fortuna maneje nuestro destino, le aconsejo que planifique a lo largo del año momentos en los que usted mismo se fuerce a saltar.

No olvide, por último, que cuanto más salte, más fuertes serán sus piernas. Esas imaginarias piernas que le ayudarán a subir a ese sitio que usted desea.

anonimo

No apareces en las páginas salmón de los diarios económicos. No concedes entrevistas a periodistas que quieren explicar a los demás cómo ser como tú. No trasmites tus conocimientos (aunque los atesoras en mayor cantidad que nadie) en prestigiosos centros del saber empresarial. Nadie escribe libros donde te pone como ejemplo, aunque sin profesionales como tú las más sólidas empresas se desvanecerían como livianos castillos de naipes.
Sin embargo, eres la clave para que las empresas funcionen. Las buenas y las menos buenas. Porque a pesar de que los méritos se los llevan otros, tú perteneces a esa clase de profesionales que producen más resultados, genera menos problemas y necesitan menos supervisión. Y lo haces de forma callada, alimentando tu motivación sólo a través de tu enorme sentido de la responsabilidad.
A veces te toca aceptar como otros con menos méritos son promocionados. Gente que se ha preocupado más por agradar a su jefe que por hacer su trabajo. Profesionales que son relaciones públicas de si mismos, a los que les cuesta poco engañar a sus jefes. Porque sus jefes son como ellos. Ni siquiera te alegras cuando su estela se va agotando. Ni siquiera te enojas porque el mérito de tu trabajo se lo atribuyan otros cuyas únicas virtudes son las de parasitar el mérito ajeno.
Sí, claro que sí, te gustaría tener más reconocimiento. Por supuesto que te agradaría que tu compensación reflejara mejor la contribución real que le proporcionas a tu empresa. Pero cuando llegas a tu puesto de trabajo ese malestar casi se olvida y te vuelves a centrar en lo que tienes que hacer, en lo que debes hacer.
Aunque hay empresas que sí te valoran. Prefieren rodearse de hombres y mujeres capaces que puedan desarrollar su trabajo en un ambiente que valore los resultados y no las conciencias políticas. De hecho, son empresas que alimentan el deseo de sus profesionales por alcanzar sus metas  ofreciendo carreras basadas en proyectos y no en galones. Lo extraño es observar que, todavía hoy, esas empresas de envidiables resultados siguen siendo la minoría.
Pero que no se engañe nadie: eres ambicioso, muy ambicioso. Pero tus objetivos no se consiguen en función de los escalones que subes en tu carrera profesional ni las cabelleras que tienes que cortar para que tu nombre sea pronunciado cada vez con más respeto. Simplemente, trabajas por satisfacer a las personas que en algún momento han confiado en ti.
Aunque, realmente, lo que te enoja es que te tomen por tonto. Puedes pasar (casi) por alto que te traten con injusticia, cuando tu empresa da más a quién merece menos. Pero no toleras que te engañen o que te traten como un niño. Que se confunda la humildad con la ingenuidad.
Eres, simplemente, un buen profesional. Mi reconocimiento y mi agradecimiento. Sé que no los necesitas, porque a ti te basta con hacer bien las cosas. Pero quiero aprovechar esta columna para, públicamente, pedirte disculpas por no haber reconocido suficientemente tu trabajo cuando me he cruzado contigo como cliente o colega. Me descubro ante ti, un poco cegado por tu brillo, mi admirado hombre invisible.

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