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¿Como saber si mi empresa es sensual o no?

¿Has creado lazos emocionales con tus clientes y empleados que van mas alla del precio o de la nomina? ¿Te ayudarían si se lo pidieras? ¿Te perdonarían algún error? ¿Sientes pasión por ellos y no por lo que consigues a través de ellos? Si las respuestas a esas preguntas es SI, tu Empresa es Sensual.

¿Es posible construir una imagen sensual para cualquier empresa?

Es posible, necesario e inteligente para las empresas incorporar códigos sensuales en su cultura. Es cierto que en algunos sectores es algo más difícil (lo que significa que llevara más tiempo), pero finalmente la sensualidad empresarial consiste en conectar con las personas como personas. ¿Hay alguna empresa que no este compuesta por seres humanos, con sus emociones, sentimientos, motivaciones, deseos…?

Parece ser difícil mantener los jóvenes de la llamada generación y por mucho tiempo en un mismo trabajo. ¿Esos jóvenes son mas expuestos a la sensualidad de las empresas al decidir cambiar de trabajo?

Los jóvenes cambian con mas frecuencia de trabajo porque no entienden la cultura de la mayoría de las empresas (autoritarias). Y las empresas hacen poco esfuerzo por entenderles a ellos. La Empresa Sensual si les vincula. Porque su objetivo es construir lazos basados en la seducción. De la seducción surge un compromiso mutuamente aceptado. No podemos afrontar la economía del siglo XXI con pautas de comportamiento más próximas al siglo XIX.

¿Cual es la responsabilidad de los jefes pelo a pelo sensual de una empresa para los funcionarios?

Las personas estamos siempre dispuestas a dar lo mejor de nosotros mismos. Si encontramos el entorno adecuado todos somos capaces de obtener resultados extraordinarios. El líder, el líder sensual, generará esos entornos. A través de ofrecer un proyecto apasionante, de tener un comportamiento justo y de conectar emocionalmente con su equipo, mostrándose mas como persona que como jefe.

Apuntas Apple como un ejemplo de sensualidad empresarial y Steve Jobs es conocido por tratar muy mal a sus empleados. ¿Como funciona esa relación?

¿Nos enamoramos con pasión de las personas simplemente buenas y afables? ¿O realmente nos apasionan aquellas personas que nos dan mucho pero también a veces nos desconciertan con las que mantenemos relaciones intensas y exigentes? Steve Jobs es “un amante apasionado”: da mucho pero pide mucho. Así también es Amancio Ortega, el fundador de Zara. Pero luego son líderes justos que se preocupan mucho por su gente.

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Tendemos a pensar (aún no sé bien por qué), que la carrera profesional evoluciona de forma lineal, continua y creciente. Un progreso intenso que empieza en nuestros primeros años de carrera, que va creciendo hasta nuestra madurez, momento en el que nos estabilizamos (en el mejor de los casos). Una suave trayectoria que, en ocasiones, se verá interrumpida por grandes progresos debidos a decisiones normalmente tomadas por otros.

Saben que siempre voy a elevar cualquier argumento sobre el principio de que los profesionales tenemos que trabajar mucho y bien. El fruto de nuestro trabajo debería valer para ser puesto en una balanza cuyo peso y medida determinaran nuestra carrera profesional. Bien sabemos que las cosas en la vida real no funcionan así. Ni siquiera la más objetiva opinión de clientes y/o colegas son los criterios más utilizados para proyectar nuestro camino hacia el éxito. Son otros los factores, son otras las reglas del juego, son otras las palancas y los frenos que finalmente nos llevan hacia donde queremos.

¿Cuales son, pues , esos factores? Ya hemos dicho que no es la regularidad de nuestro trabajo, por muy consistente o por mucha calidad que tenga el mismo. No es el simple buen hacer, o las muchas horas empleadas. No son los millones de puntos que trazan las líneas rectas de nuestra trayectoria. Digámoslo claro: Lo que realmente nos hace avanzar en nuestra carrera profesional son los saltos. Esas pequeñas (o grandes) decisiones que quiebran nuestra rutina, nuestra diaria actividad, la forma en la que siempre hemos hecho las cosas. Los saltos son esas ocasiones que habitualmente coinciden con un acto de valentía (una idea atrevida que, con arrojo, nos atrevemos a poner en práctica) o de victoria sobre la pereza (la decisión de aprender inglés que hemos atrasado durante años, por ejemplo)

Y, ahora, déjeme destacarle algo que considero fundamental. No es la magnitud de los saltos lo que importa: es la frecuencia con la que decidimos saltar. Teniendo en cuenta que los brincos que hagamos no siempre supondrán grandes victorias sobre los demás o sobre nosotros mismos. A menudo bastará con pequeños divorcios con nuestras rutinas o pequeños actos de valentía o determinación. Por supuesto que en ocasiones se presentarán oportunidades que deberemos aprovechar para pegar nuestros brincos. Pero como no es sabio dejar que la fortuna maneje nuestro destino, le aconsejo que planifique a lo largo del año momentos en los que usted mismo se fuerce a saltar.

No olvide, por último, que cuanto más salte, más fuertes serán sus piernas. Esas imaginarias piernas que le ayudarán a subir a ese sitio que usted desea.

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No apareces en las páginas salmón de los diarios económicos. No concedes entrevistas a periodistas que quieren explicar a los demás cómo ser como tú. No trasmites tus conocimientos (aunque los atesoras en mayor cantidad que nadie) en prestigiosos centros del saber empresarial. Nadie escribe libros donde te pone como ejemplo, aunque sin profesionales como tú las más sólidas empresas se desvanecerían como livianos castillos de naipes.
Sin embargo, eres la clave para que las empresas funcionen. Las buenas y las menos buenas. Porque a pesar de que los méritos se los llevan otros, tú perteneces a esa clase de profesionales que producen más resultados, genera menos problemas y necesitan menos supervisión. Y lo haces de forma callada, alimentando tu motivación sólo a través de tu enorme sentido de la responsabilidad.
A veces te toca aceptar como otros con menos méritos son promocionados. Gente que se ha preocupado más por agradar a su jefe que por hacer su trabajo. Profesionales que son relaciones públicas de si mismos, a los que les cuesta poco engañar a sus jefes. Porque sus jefes son como ellos. Ni siquiera te alegras cuando su estela se va agotando. Ni siquiera te enojas porque el mérito de tu trabajo se lo atribuyan otros cuyas únicas virtudes son las de parasitar el mérito ajeno.
Sí, claro que sí, te gustaría tener más reconocimiento. Por supuesto que te agradaría que tu compensación reflejara mejor la contribución real que le proporcionas a tu empresa. Pero cuando llegas a tu puesto de trabajo ese malestar casi se olvida y te vuelves a centrar en lo que tienes que hacer, en lo que debes hacer.
Aunque hay empresas que sí te valoran. Prefieren rodearse de hombres y mujeres capaces que puedan desarrollar su trabajo en un ambiente que valore los resultados y no las conciencias políticas. De hecho, son empresas que alimentan el deseo de sus profesionales por alcanzar sus metas  ofreciendo carreras basadas en proyectos y no en galones. Lo extraño es observar que, todavía hoy, esas empresas de envidiables resultados siguen siendo la minoría.
Pero que no se engañe nadie: eres ambicioso, muy ambicioso. Pero tus objetivos no se consiguen en función de los escalones que subes en tu carrera profesional ni las cabelleras que tienes que cortar para que tu nombre sea pronunciado cada vez con más respeto. Simplemente, trabajas por satisfacer a las personas que en algún momento han confiado en ti.
Aunque, realmente, lo que te enoja es que te tomen por tonto. Puedes pasar (casi) por alto que te traten con injusticia, cuando tu empresa da más a quién merece menos. Pero no toleras que te engañen o que te traten como un niño. Que se confunda la humildad con la ingenuidad.
Eres, simplemente, un buen profesional. Mi reconocimiento y mi agradecimiento. Sé que no los necesitas, porque a ti te basta con hacer bien las cosas. Pero quiero aprovechar esta columna para, públicamente, pedirte disculpas por no haber reconocido suficientemente tu trabajo cuando me he cruzado contigo como cliente o colega. Me descubro ante ti, un poco cegado por tu brillo, mi admirado hombre invisible.

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¿Conocen la canción de Sabina? “Ruido de tenazas, ruido de estaciones, ruido de amenazas, ruido de escorpiones. Tanto, tanto ruido. …”. A mí me parece que refleja de forma magistral una crisis de pareja. En realidad, una crisis que puede ser cualquier crisis. Cuando la armonía, los intereses comunes y compartidos, la búsqueda de objetivos a largo plazo y el calor de los afectos empiezan a desaparecer y son sustituidos por el ruido. En sentido figurado, claro. Aludiendo al ruido como una sensación interna que provoca desazón e incomodidad pero de la que no podemos escapar porque al fin y al cabo somos parte de ella.

“Ruido de cristales, ruido de gemidos, ruidos animales, contagioso ruido“. Pues bien, déjeme por favor que le haga una pregunta: ¿Hay ruido en su organización, en su empresa, en su equipo de trabajo?. ¿Hay una especie de molesto “zumbido organizacional”?. Si es así, mala cosa porque puede tratarse del síntoma de una crisis.

Partimos de que todas, absolutamente todas, las empresas tienen problemas mas o menos intensos de clima, de confianza entre sus directivos y sus profesionales de base. Pero no me refiero a eso. Me refiero a cuando el ruido se eleva por encima de cualquier otra voz u objetivo de empresa. Cuando se llega a una situación en la que el problema puede provocar la ruptura del contrato más importante que existe en una empresa: el contrato moral (o afectivo) que existe entre la misma y sus empleados.

¿Que hacer con el ruido? Para empezar caben dos escenarios. El primero lo ocupa el de aquellos que son conscientes de él, porque al fin y al cabo lo han creado y se sienten cómodos con el. Para muchos resulta curioso, pero sin duda reconocerán empresas o directivos que consideran el “ruido organizacional” como una herramienta para manejarse mejor desde el poder o para crear una incertidumbre que consideran necesaria. Reyes de la guerra que son maestros en las guerras internas. En este escenario, si usted ha cubierto su objetivo y tiene su ruido, felicidades. Ahora bien, déjeme compadecer a las personas que le rodean.

El segundo escenario es de aquellos que son conscientes de que en su equipo hay ruido y saben que este es letal. Su reto no es eliminarlo, al fin y al cabo es síntoma de vitalidad y de energía (aunque esté mal encauzada). Su reto es convertirlo en música: Sonido igualmente pero en el que todos están satisfechos porque participan en la elaboración y que a nadie molesta.

¿Cómo hacerlo?

  • En primer lugar, evitando la queja. Esta es el combustible del que se alimenta el ruido. Y evitar la queja significa no prohibirla (sólo supondría aumentarla) sino demostrar con el ejemplo que los problemas son bienvenidos porque nos permiten solucionarlos. Con determinación. Con hechos y no con palabras.
  • En segundo lugar, el ruido puede provenir de la existencia de microclimas políticos donde priman las batallas de intereses por encima de los meritos profesionales. En la medida en que usted los permita, su vivero se llenara de “plantas políticas”, que como todos los botánicos saben suelen devorar todas las plantas que se encuentran a su lado. ¡Y además no dan frutos!
  • Por último, afronte el origen del ruido. Con tanta serenidad como intenso sea este. Pregunte directamente a su equipo. Déles la razón si la tienen. Argumente si no la tienen. Y rectifique inmediatamente lo que haya estado haciendo mal.

De usted y de solo usted depende. De la altura de sus intenciones. De la honestidad de sus planteamientos con su equipo. Convertir ruido en música merece el esfuerzo.

El Precio de Mentir y Manipular Información

¿Cuánto vale una mentira? A corto plazo, puede que bastante. Engañar puede ayudar a conseguir resultados de forma inmediata. Mentiras que se utilizan en entrevistas de trabajo (por las dos partes, por cierto), en los beneficios que prometen los productos o servicios que se venden, o en las expectativas que nos dan para nuestra carrera profesional. Ahora bien, casi todos acordaremos, como Abraham Lincoln, que “puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Por otra parte, vivimos tiempos en los que resulta barato mentir. No sólo porque hay una falta evidente de escrúpulos en los que mienten para conseguir sus objetivos sino también porque hay muchos que prefieren ser mentidos antes que esforzarse en hacer las cosas bien. ¿Recuerdan el timo de la estampita? Tan timador es el que le saca el dinero al pobre incauto que cree estar comprando billetes al precio de estampitas como el propio timado que quiere aprovecharse del presunto tonto.

Últimamente he estado observando estudios (hechos por medios de comunicación o por “serios” Institutos) que eligen las mejores empresas para trabajar. Luego he comparado esos “rankings” con la opinión de las personas que trabajan para esas empresas. A veces la diferencia que existe entre lo que dicen los estudios (que preguntan a las empresas) y lo que piensan las personas que trabajan en esas empresas es tanta que tales estudios pueden parecer bromas bufas. Porque, en realidad, es fácil deducir que los que hacen los estudios sólo están interesados en vender publicidad (si son medios) o su metodología (si son consultoras o “Institutos”). Por su parte, las empresas  “excelentes” pretenden comprar una cierta imagen de marca (“employer branding”) por la que están dispuestos a invertir más tiempo y dinero en publicidad que motivando a los profesionales que trabajan en ellas.

La primera reacción que podemos tener ante la constatación de que se mercantiliza la verdad es de cierto enojo. Pero sólo segundos más tarde uno se da cuenta que, en realidad, no les sirve de nada ya que la gente, desafortunadamente para ellos, no es tonta. Los profesionales sabemos que empresas son las buenas y cuales las que son puro decorado. De la misma manera en que resulta casi imposible que como consumidores se nos engañe de forma consistente a lo largo del tiempo.

Y es que, por más que le duela a mis amigos de las modernas prácticas de la estampita, la realidad (como dice la copla sobre el amor verdadero) ni se compra ni se vende.

mistakeLa vida en la empresa está dirigida por el temor al error. Los profesionales temen equivocarse y ser despedidos por los directivos, que temen (aún más) equivocarse y ser despedidos por los accionistas, que temen errar y ser expulsados por el mercado. Tanto miedo empuja la actuación de los profesionales a hacer las cosas como siempre, porque en el territorio de lo conocido es más difícil hacer las cosas mal. El mercado tiende a sepultar a las empresas y a los profesionales que no lo intentan. Mientras, las empresas y los profesionales que si se atreven a hacer propuestas nuevas, que asumen riesgos van consiguiendo sus descarados objetivos.

Errar no es necesariamente hacer las cosas mal. Errar solo es malo cuando lo hacemos en el ejercicio de una función claramente definida. No entregar un formulario a Hacienda a tiempo es errar porque es lo que tenemos que hacer. No atender de forma atenta y diligente a un cliente es errar porque es lo que se espera de nuestro trabajo.

Sin embargo no nos equivocamos cuando intentamos hacer nuestro trabajo de otra manera, o cuando proponemos un nuevo producto, o cuando retamos a nuestra organización con una nueva forma de ver las cosas. No erraremos siempre que tengamos en cuenta, al menos, los siguientes tres elementos:

1) Escuchar mucho a muchos antes de actuar. A nuestros clientes, a nuestros colaboradores, a los proveedores, … Conseguiremos su criterio, su apoyo,
2) Poder rectificar inmediatamente. Los riesgos de las decisiones no se encuentran en el error, sino en quedarse paralizados en el error. Tener preparada una alternativa y ponerla en ejecución de inmediato nos dará calidad y cantidad de opciones para encontrar el camino correcto. Solo empeñarse en el error es un error.
3) Aprender de cada error. Sinceramente, humildemente. Los seres humanos aprendemos más de los errores que de los aciertos. Todos lo sabemos. Interioricemos las enseñanzas para seguir avanzando.

El temor llena de plomo la sangre con la que se riega la inteligencia. Equivocarnos, rectificando inmediatamente, aprendiendo, habiendo involucrado a muchas personas en nuestras decisiones, nos ofrece una dosis casi ilimitada de agua para regar nuestra carrera profesional.

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“Pase, José Luis. Sí, le hice llamar. Por favor, siéntese”. Aunque Zapatero no perdía su peculiar sonrisa de oreja a oreja que le era habitual, percibí en una ligera mueca que él sabía lo que iba a suceder a continuación.  “José Luis, debo comunicarle que  la empresa ha decidido proceder a su despido. ¿Qué cuales son las razones? Por supuesto, yo se lo explico.”

José Luis seguía sin abandonar su sonrisa de jugador de póker mientras se inclinó hacia mí, como queriendo recoger físicamente las explicaciones.

-          José Luis, usted fue muy bien recibido en esta compañía, con mucha ilusión. Representaba para nosotros un soplo de aire fresco. Prometía ayudarnos a avanzar para que la empresa fuese mejor y tuviese mejores resultados. Más adaptada a la nueva sociedad. Al principio, su liderazgo y carisma nos hicieron pensar que habíamos acertado plenamente en su contratación.

Zapatero se echó hacia atrás y apoyó su espalda en el respaldo del sillón. Dirigió su mirada hacia una de las esquinas de mi despacho, seguramente rememorando los buenos, no tan viejos, tiempos.

-          Aunque pronto empezamos a detectar algunos comportamientos preocupantes, que le comunicamos para que los rectificara, usted siguió empeñado en cometer los mismos errores, pero agravado por el hecho de que cada vez mentía más para ocultarlos. Poco a poco, una de sus mejores fortalezas, el exquisito cuidado de las formas y de la imagen de sus acciones, se fue convirtiendo en uno de sus principales defectos. A usted dejaron de preocuparle los resultados de la compañía y su principal esfuerzo se dirigió a crear campañas de imagen de sí mismo que en nada beneficiaba a la empresa. Nos dimos cuenta que usted solo trabajaba para sí mismo y para su camarilla más próxima.

Interrumpí por unos instantes mi discurso, preguntándome a m mismo cómo no decidimos antes hacer lo que estábamos haciendo ahora.

-          Además, usted se olvidó de que las empresas deben tener unos objetivos comunes. Se enzarzó en una guerra con otras divisiones de la compañía en la que los únicos perjudicados son sus accionistas y sus colaboradores. No fue incluso capaz de generar cohesión y trabajo en  equipo dentro de su propio departamento. Es más, cuando los resultados de la empresa fueron a peor, usted se dedicó a manipular su cuenta de resultados, lo cual le impidió tomar las medidas adecuadas para resolver la crítica situación. Quizá ahora sea demasiado tarde. No le ayudó, sin duda, que usted se rodeara de un equipo con buena imagen, obediente pero sumamente ineficiente.

-          En fin, José Luis, podríamos seguir enumerando más elementos que han ayudado a tomar la decisión, pero creo que éstos son ya suficientes. Le deseo mucha suerte para su nueva etapa”.

Discúlpeme el atrevimiento de hacer un poco de política-historia-empresa ficción. Pero sucede que me dio por pensar en lo enormemente alejados que están los mecanismos de éxito y fracaso del mundo de la política y del mundo de la empresa. Por supuesto que soy consciente de que tiene que haber diferencias importantes, pero también lo soy de lo tremendamente eficientes que son aquellas sociedades donde las diferencias no son tan importantes.  Por tanto, la reflexión anterior no pretende ser una crítica política, sino la exposición de un liderazgo mal entendido que se puede dar tanto en la política como en la empresa.

Al fin y al cabo, España es una empresa de 45 millones de accionistas en la que, como en una empresa, debería haber un propósito común y una dirección eficiente para que todos nos pudiésemos beneficiar.  Los países, como las empresas,  progresan en función de la calidad de la capacitación de sus componentes, de lo duro y lo bien que trabajamos y de lo bien que estamos dirigidos.

Ya sabe, José Luis, quizá esté a tiempo de que los españoles no le despidamos.

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Nadie le dijo que iba a ser fácil cuando aceptó un puesto que implicaba dirigir personas. Ahora bien, es cierto que ser jefe en estos tiempos es especialmente complicado. Necesitamos mucha más energía para conseguir menos resultados. Y necesitamos mucha más para motivar a nuestra gente. Por otra parte, nuestra humana sustancia nos dice que lo difícil es bello. Por eso elegimos ser jefes y aspiramos a ser líderes. Aunque a veces sea duro.

Puede que la imagen que usted está ahora reflejando es sus colaboradores, en sus clientes, en sus jefes, en sus colegas… es la de una persona abatida, angustiada. Y usted, con razón, dirá: “Soy humano, con la que está cayendo… ¡cómo no se me va a notar!” Claro que es humano, pero también es jefe (o empresario). Y, por tanto, usted tiene unas obligaciones que van con su responsabilidad. Asúmalas. Por el bien de su equipo. Por el bien de su empresa. Por su propio bien.

El refranero, que es muy sabio, dice: “A mal tiempo, buena cara” El refrán me ayuda a ofrecerle unas sugerencias:

• Promueva retos ambiciosos. Si éstos no pueden serlo en términos de resultados si lo pueden ser en términos de calidad. Olvide los periodos anuales y ponga metas más cortas. Las pequeñas victorias dan moral para seguir peleando las guerras. Todo el tiempo y energía que seamos capaces de dirigir hacia la consecución de los objetivos marcados es energía que no se va a perder en lamentos y desesperanzas.
• No se esconda. Salga de su despacho. No es momento para hacer informes o revisar presupuestos. Ya tendrá oportunidad de perder el tiempo cuando vuelvan los buenos ciclos. Ahora debe estar con sus colaboradores, con sus clientes. En primera línea de batalla. Que todos tengan la sensación de que si se escapa una bala también le puede tocar a usted.
• No permita las excusas. Solo admita planteamientos de problemas que lleven asociadas propuestas de acción. Las excusas son como células cancerígenas: dañan los organismos, se reproducen con mucha velocidad y, una vez que se admiten, es muy difícil extirparlas. Las excusas asesinan la voluntad. Solo vale conseguir lo máximo que podamos hacer, no llorar por no alcanzar lo que antes nos era más fácil.
• Mate al miedo. Los líderes generan intensidad pero son capaces de reducir los estados de ansiedad. El miedo mata las ideas y paraliza las iniciativas.
• Escuche las preocupaciones… pero poco. No importa de quien es la culpa. No importa lo grave que pueda ser una situación. Es hora de ponerse a trabajar. Un capitán de un barco que está a riesgo de irse a pique lo tendría claro: ordenes claras, empujar a la acción, comportamiento energético pero semblante sosegado.
• Tome decisiones. La actividad ocupa y permite rectificar. De la rápida rectificación saldrá una nueva decisión, ya mejorada. De nuevo, pequeñas victorias que nos harán más ancho el camino.

¿Objetivo? Tener a la gente centrada, preocupada, ocupada y con esperanza Es su desafío, es su responsabilidad, será, seguramente, su recompensa.

Se espera que los padres estén para todos los momentos pero especialmente para los momentos críticos. De los líderes se espera lo mismo. Piénselo: los buenos futbolistas sueñan con tirar el penalty en la final de la Copa en el último minuto. Los buenos violinistas con debutar en la Scala tocando la pieza más complicada. Los buenos lideres sueñan con manejar una situación de crisis. Felicidades, es su momento.

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Madrugamos. Coche. Café rapido. Llamadas. Reuniones. Clientes o proveedores. Prisas. Fechas limite. Presupuestos. Jefes y o subordinados. Pequeñas alegrias, grandes frustaciones. Almuerzo en medio de comentarios banales sobre futbol, politica o famoseo, que tanto da. Vuelta a la oficina, a veces con miedo, a veces con hastio, casi siempre con la mente puesta en las vacaciones. Coche. Beso fugaz al marido y o mujer y niños. Television. Sueño. Y vuelta a empezar.
Quiza el parrafo anterior le sea familiar. Si no lo es busque, por favor, otro articulo. Es tema comun en cenas con amigos o comidas con compañeros. Muchos lo llaman la trampa. Otros, simplemente se sienten cercados por la rutina, preguntandose cual va a ser la diferencia entre el dia anterior y el siguiente. Con una sensación de que no manejan su vida mas que para elegir que coche comprar o a que restaurante ir a cenar el proximo sabado.
Como es natural, solo me refiero a la sensacion de falta de gobierno que muchas personas podemos sentir en nuestra vida profesional. Porque, al fin y al cabo, en nuestra etapa de formacion se nos enseña tecnicas, metodologias, herramientas informaticas o de cualquier otro tipo, habilidades. Pero nadie nos enseña a gestionar nuestra carrera profesional. Nos sentimos desvalidos e incapaces cuando sentimos que podemos aspirar a otra cosa, pero no sabemos como alcanzarla.
Por eso quiero compartir con usted uno de los mas maravillosos regalos que he recibido en mi vida. Se lo debo a uno de mis maestros, y aun se lo agradezco. Y, no se ria, es un objeto magico. Si, magico. Y ahora dejeme compartirlo con usted, porque al contrario que otros trucos, cuanto mas se descubre, mas efectivo es.

Se trata de un papel en blanco. Una simple e inmaculada cuartilla.

Me explico: partamos del hecho de que no se puede conseguir nada que no se haya deseado previamente. En segundo lugar, no se pueden alcanzar los deseos si no se hace algo para conseguirlos. Hasta ahora estamos de acuerdo, no. Luego solo necesitamos determinar claramente cuales son nuestros deseos (que a veces es la parte mas dolorosa del proceso), tener la constante determinacion para conseguirlos y planificar las acciones adecuadas.
Y ahí es donde entra la magia del papel en blanco. Busque un sitio tranquilo. Ponga el papel magico delante de usted. Describa claramente, en menos de 100 palabras cual es su objetivo, su deseo, su sueño. Por favor, que sea realista (Angelina Jolie y Brad Pitt estan casados y tienen pinta de ser felices): A continuacion, describa las acciones necesarias para que se cumplan su objetivo (aprender ingles, desarrollar habilidades sociales o politicas, etc). Si no sabe como hacerlo, pregunte, lea, copie de quien lo haga mejor. Cada acción debe estar acompañada de una fecha tope de cumplimiento. Como ve, no es muy original; seguramente lo hace con frecuencia en su trabajo. Lo realmente singular es que esta vez usted va a trabajar para usted. Usted, S. A. Y lancese a por ello. Conviertase en el implacable ejecutor de lo que ha planificado. Usted ponga lo suyo que la magia del papel en blanco hara lo demás.
No le garantizo nada. Le confieso que no creo en la magia. Pero si creo en que las personas tenemos que manejar nuestra vida en la medida de lo posible. Tambien creo en el compromiso, fundamentalmente con la persona a la que mas respeto le debemos, es decir, a nosotros mismos. Y escribir nuestros deseos en una cuartilla supone formalizar nuestro compromiso.
Y finalmente, imaginese el placer que le reportara conseguir algo que usted y solo usted se marco. En caso contrario, no importa. Usted y yo sabemos que la felicidad esta en el camino y no en la meta.
De cualquier manera, de usted depende pasar el resto de su vida siendo el critico lector de su pasado o el brillante escritor de su futuro.

Ahora o nunca

relojEl tiempo que estás dedicando a leer este post es único e irrepetible. Como cualquier otro instante de tu vida. Quizá estés de vacaciones o acabas de volver de disfrutarlas. Seguramente has descansado y acumulado energía. Estás más sereno y tienes mejor control de lo que haces.

Es, por tanto, una buena oportunidad. Para hacer lo que debes hacer. No lo que quieren que hagas o lo que por inercia llevas haciendo durante mucho tiempo. Eso, el tiempo, es lo único que no perdona.

Ahora o nunca. Piensa bien las decisiones que debes tomar en este periodo post-vacacional. Y luego ejecútalas con determinación. Perdónate los errores. Siempre que seas capaz de rectificarlos rápidamente y con energía. Lo único que no te podrás perdonar será no haberlo intentado. Una y otra vez. Ahora o nunca.

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